16 agosto 2019
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Merecido homenaje

17 mar 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

El “aparato” de Ciudadanos ha hecho un papelón con el pucherazo (ya sé que no les gusta el término) a la clementina. A militantes del PSOE les sorprendieron echando votos en una urna tras un biombo cuando lo de la defenestración de Sánchez. El PP tiene tras de sí una acreditada trayectoria de corruptelas y transfuguismo. Los de Podemos comenzaron su declinar cuando líder y lideresa abandonaron Vallecas para asentarse en sólida mansión custodiada por la fuerza pública. Los de Vox en Salamanca, según la prensa, andan descabezados en plena crisis de identidad y liderazgo.

Como contrapunto a tanta fruslería, y dando importancia a lo que realmente la tiene, la Universidad de Salamanca y la Junta de Castilla y León homenajearon el pasado martes a las víctimas del terrorismo de esta Comunidad. Un acto emotivo que responde a una visión generosa y agradecida hacia el sacrificio de quienes sufrieron los efectos de la crueldad más abyecta y gratuita.

Muchos conocemos a víctimas directas o indirectas de esa locura. En el Paraninfo me vino a la memoria Antonio, minero retirado, hombre bueno y culto que cuidaba sus viñas en un pueblecito del Bierzo. Siempre me hablaba de su hijo, su único hijo, a quien yo nunca llegué a conocer porque en aquella época estaba estudiando en Madrid. Antonio y su mujer tenían puestas todas las esperanzas en el chaval y confiaban en que hiciera una carrera para no tener que recurrir a la mina, como era habitual en la zona.

Pasaron casi dos décadas hasta que en el transcurso de un viaje decidí desviarme unos kilómetros con el fin de saludar a Antonio. Vi que la chimenea de la casa humeaba y lo interpreté como buena señal. A pocos metros me encontré con dos mujeres mayores y les pregunté si Antonio seguía viviendo allí. Me respondieron que la esposa sí, pero que Antonio había muerto hacía unos años, al poco de que la ETA asesinara a su hijo, guardia civil en algún lugar del País Vasco. Me quedé clavado, dudando si llamar a la puerta. No lo hice. ¿Qué podía decirle yo a esa mujer que lo más probable es que ya ni se acordara de mí después de tantos años? Por mi mente pasaron las imágenes del pobre Antonio cantándome las alabanzas de su hijo. Tantas esperanzas truncadas ante una vejez sin consuelo, antesala de muerte y soledad.

Subí de nuevo al coche, salí del pueblo y nunca más he vuelto a ese lugar. Pero el recuerdo de esa humilde familia destrozada –como tantos cientos de situaciones similares— no me ha abandonado. No sé si este caso estará entre los trescientos crímenes sin resolver. Cabe la posibilidad de que el asesino se haya jubilado ya como probo funcionario de algún ayuntamiento vasco, o como concejal o incluso como parlamentario. Si estuviera en la cárcel, sería un consuelo, aunque ya no para Antonio ni para su viuda.