11 julio 2020
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Marquesados

30 may 2020 / 03:00 H.

El choque era inevitable. La marquesa de Casa Fuerte -yo diría que fortísima-, Cayetana Álvarez de Toledo, sin duda harta de que Pablo Iglesias, plebeyo -yo diría que como casi todos nosotros-, se dirija a ella con recochineo como “señora marquesa”, le soltó un “hijo de terrorista” que tembló el misterio. ¿Fue en una taberna, un desafiadero, acaso un ateneo? No, en sede parlamentaria, en el Pleno. Me recordó un lance entre el diputado Bandrés –abogado de etarras-, y el presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Juan Mari le escupió desde la tribuna que si el jefe de Gobierno tuviera que elegir entre los torturados (los etarras, que alegaban sistemáticamente torturas en las comisarías) y los torturadores, el presidente estaría con los torturadores. Calvo Sotelo, desde su cabecera del banco azul, con reflejos felinos y templanza gallega, no le dejó llegar a su bancada. Le devolvió lacónicamente sus palabras “con el mas profundo de mis (sus) desprecios”.

Cayetana, de lo mas válido de la diestra española, podía haber optado por citar con retranca el marquesado de Galapagar, cuyo escudo en piedra están labrando con la hoz y el martillo, para decorar la entrada de la suntuosa mansión. Pero se tiró directamente a la yugular. La contestación fue una fanfarronada, porque recomendar a su “señor padre” que se querelle, carece de sentido ante la llamada exceptio veritatis –lo imputado es verdad reconocida-; y porque apelar a los abogados, en plural, es ciertamente de folclórica en apuros.

La portavoz popular, flaca pero resuelta, valerosa y dialécticamente una roca, pudo remontarse al abuelo Manuel Iglesias, que estudió en su pueblo natal, en el famoso colegio de los Jesuitas de Villafranca de los Barros -donde han hecho el bachillerato muchas generaciones de extremeños-, y luego en los Salesianos de Utrera. Y es que en el 36, en compañías tan poco recomendables, como “el Chaparro”, “el Hornachego”, “el Vinagre”, “el Ojo de Perdiz”, y “el Cojo de los Molletes”, parece que orientados por Iglesias, sacaron de su casa madrileña al marqués de San Fernando (el pobre era también de Villafranca) y un cuñado, para meterlos en una checa. A la mañana siguiente aparecieron asesinados. Fueron aquellos días trágicos, narrados como nadie -desde el Novelty salmantino-, en “Madrid de corte a checa” por el genial Agustín de Foxá (Caramba, otro marqués, este de Armendáriz).

Cuando uno ha vivido tanto desde que leyó de niño “El gato con botas” y conoció al primer marqués, el de Carabás, hasta el valleinclanesco de Bradomín –feo, católico y sentimental-, o el cachondo de Sade, pasando por el de Villena de la Cueva de Salamanca, ha tenido oportunidad no de “vivir como un marqués”, sino de tratar a otros muchos, en general liberales y cultos. No me refiero a algunos tan famosos como Griñón, que acaba de doblar por el virus; ni al de las Marismas (que en el cine interpretó genialmente al marqués de Leguineche, Luis Escobar); ni al de Sotoancho, invento ingenioso de Alfonso Ussía. Ni siquiera al de Estella (Navarra), que es un Primo de Rivera. Y no tengo edad para haber conocido al del Vado del Maestre, que presidió el Casino de Salamanca en cinco ocasiones. Me refiero a los que residen o tienen propiedades en Salamanca como Albaida, Nules, Nieves, Murillo, Llén, Bayamo, Gracia Real... Uno, sin ser ningún don Juan, ha tratado “desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca”, y por tanto a algunos aristócratas, pero también, y bastante más, a labriegos, desheredados de la fortuna, gentes humildes, y muchos que se han hecho a sí mismos –self-made man-, a los que más admiro y frecuento. Los hay que reúnen ambas circunstancias, como mi querido Vicente, marqués de Del Bosque a su pesar.

Sucede que Iglesias, víbora con coleta, representa hoy tres generaciones no solo de antifascismo –comprensible-, sino de marxismo, odio y violencia. Debe ser duro recordar que el abuelo, condenado a muerte, acabó trabajando para un falangista de primerísima fila como Girón; o que el padre no participó, pero perteneció a la misma organización (el FRAP) en la que tres miembros -que acabaron fusilados en el tardo-franquismo-, habían asesinado a cuatro policías armados y un guardia civil. Me reconocerán que otros antifascistas han matado menos.

“¿Se la digo, marquesón?”, preguntaban antaño las gitanas para leerte la palma de la mano. Hoy hago yo de quiromante: este peligroso y astuto ofidio, que Pedro Sánchez ha incorporado a su Gobierno como vicepresidente, sigue con éxito su implacable campaña de cargarse la Guardia Civil, la Transición, la Constitución, la Monarquía. Al final, España. Cómplice: Pedro Sánchez.