09 julio 2020
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Los telemáticos

29 jun 2020 / 03:00 H.

    Como decía el gran Nuccio Ordine hace poco, producen verdadero terror los elogios a la enseñanza telemática que en los últimos tiempos han expresado algunos propagandistas de lo virtual. Según ellos, no estaríamos ante una solución de emergencia, de adaptación a las circunstancias, que ha permitido mantener encendida la llama del aprendizaje -a veces con resultados decorosos- en la época excepcional de pandemia y confinamiento de la que venimos. Tampoco ante un recurso docente complementario, cuya utilidad y eficacia está demostrada desde hace años. No, se trataría nada menos que de la didáctica del futuro, de todo un cambio de paradigma, identificable con la innovación tecnológica, que deberíamos aplicar de inmediato, según nos anuncian con entusiasmo algunos profesores gestores, hooligans de las nuevas pedagogías, cuya influencia no deja de crecer, pese al hartazgo generalizado de tantos profesionales de la enseñanza que, en España y en todo occidente, siguen sin percibir las mejoras en la formación del estudiantado que estos gurús vienen prometiendo a las crédulas autoridades educativas.

    Habrá, pues, que repetir lo obvio, que la enseñanza no consiste en hablar a una pantalla, que resulta imposible enseñar, en el pleno sentido de esta palabra, sin la presencia de los alumnos, sin contacto entre profesores y estudiantes, sin interacción, porque la enseñanza tiene un componente imprescindible de representación, en la que unos y otros desempeñan un papel bien perfilado. No solo eso: los alumnos necesitan a su vez, dentro del proceso de aprendizaje, de la presencia y la intercomunicación con sus compañeros, requisito forzoso para el debate, origen a su vez de la curiosidad intelectual y del genuino afán de conocimiento. En todos los niveles de la enseñanza, y particularmente en el superior, la presencialidad resulta además indispensable para cubrir el objetivo, irrenunciable en un Estado democrático, de formar ciudadanos libres y críticos, sobre los que se construyen sociedades respetuosas de la pluralidad, justas y solidarias. Y estas afirmaciones, sigamos subrayando lo evidente, son válidas siempre, para cualquier normalidad, incluso en esta “nueva” e inquietante en la que estamos ahora introduciéndonos.

    Por todo ello está bien, muy bien, que las universidades españolas hayan apostado para el próximo curso por la presencialidad. Resulta imprescindible también, faltaría más, que esta sea una presencialidad “segura”, aunque aún no haya quedado claro en qué consistirá exactamente esa seguridad, más allá de los eslóganes, ni qué recursos están disponibles para ponerla en práctica. Y constituye una obligación elemental que se elaboren planes de contingencia (que realmente lo sean, no que se limiten a tener ese título) para una época que sin duda seguirá marcada por la incertidumbre y en la que será preciso combinar lo presencial con lo virtual. Pero no se entienden los entusiasmos apresurados de quienes pretenden convertir ahora, a las bravas, a profesores con acreditada experiencia docente, reconocida y valorada por muchas generaciones de estudiantes, en expertos en “formación online”, receptores de toda clase de cursos, seminarios y “webinars”, dedicados no tanto a resolver los problemas que puedan planteárseles en un escenario en el que la presencialidad siga limitada, sino a hacerles partícipes de los principios fundamentales del nuevo evangelio y a exhortarlos a convertirse en sus seguidores. Como suele suceder, el palo y la zanahoria también van unidos en este caso y nadie quiere aparecer como resistente a un cambio cuyos promotores presentan tan inexcusable, tan moderno y tan innovador.

    Sin embargo, parece que tales exigencias están empezando a producir una cierta desbandada de profesores, que prefieren la jubilación anticipada a este reciclaje forzoso que viene a establecer -e incluso a publicitar entre los estudiantes- una falsa e injusta identificación entre el experto en “formación online” y el buen profesor y, en consecuencia, entre el mal docente y el que manifiesta algún tipo de escepticismo ante estas novedades. Si así fuese, si se instalase entre nosotros este nuevo modelo, en el que importa más la acumulación de cursos de adaptación que la experiencia excelente en la docencia y la investigación, y si como consecuencia de ello se consumase la salida de los claustros de una parte importante de quienes no comulgan con este nuevo credo, estaríamos ante la última, o quizá solo ya la penúltima, de las notables desgracias que se abaten sobre el sistema universitario español en estos tiempos oscuros.