20 septiembre 2019
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Loco devaneo

16 jun 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

Hace unos días leí en el pórtico de entrada al monasterio de las Batuecas un texto grabado en una placa de madera que supongo habrán colocado allí los propios carmelitas. Se trata de una cita atribuida a Dostoievski a propósito del amor. Viene a decir que hay que amar cada hoja, cada rayo de luz, a los animales, a las plantas, a todo en general, porque solamente así, cuando nos hayamos dado cuenta de la fuerza del amor, ese amor lo abarcará todo en nuestra vida. Como fundamento teórico y hálito vivificador de la naturaleza humana resulta edificante eso de vivir en permanentes ansias de amores inflamados. Seguramente los frailes, esos santos varones ajenos a las fruslerías del siglo, lo tienen más fácil, dado lo recoleto y bucólico del entorno Cantemos al amor de los amores, entonábamos con unción entre los efluvios de incienso en aquellas exposiciones del Santísimo al amparo del nacional catolicismo. Si Luis Buñuel hubiera podido comprar, como pretendía, esa propiedad que él descubrió casi en ruinas y abandonada al finalizar el rodaje de su documental sobre las Hurdes, a estas alturas tendríamos en el fondo del ameno valle un hotel rural con encanto en vez de ese centro de espiritualidad que es el Desierto de San José de las Batuecas.

Se dice que el amor ha movido al ser humano desde los mismísimos orígenes. Claro, que definir lo que es amor no resulta empresa fácil. La mitología y la literatura nos describen juegos y pasiones amorosas en las esferas más variadas de la vida, desde que asomamos a este mundo hasta que nos despedimos de él: polvo al polvo, por así decirlo, en todas sus polisémicas acepciones.

En el caso concreto de la literatura, en ella se describen y analizan en profundidad amores trágicos, amores imposibles, amores idealizados, etc., sin olvidar, por supuesto, el amor cortés que tanto juego ha dado en los romances medievales. Amar es el verbo más paradigmático de la lengua española. Cuando aprendíamos los rudimentos del latín en el bachillerato de entonces (el de verdad) conjugábamos el mistérico “amo, amas, amat...” en sus diversos tiempos y formas: imperfecto de indicativo (amabam), pretérito perfecto de subjuntivo (amaverim), supino (amatum). Y los misioneros en América ya enseñaban en las sesiones de doctrina este mismo verbo a los indígenas.

Amar es sin duda un verbo corto y fácil de pronunciar, que ha tenido amplia cabida en todas las manifestaciones culturales, incluida la pornografía. Ahora los valores se han trastocado. Por eso mis alumnos se escandalizan cuando en un alarde de cinismo impostado, a propósito de alguno de los sonetos de Shakespeare, digo que “el amor, oh loco devaneo, conduce a la preñez y al pluriempleo” (la cita, obviamente, no es de Shakespeare). Y ellos van y lo cascan en las redes sociales.