25 enero 2022
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Lo posible y lo probable

29 nov 2021 / 03:00 H.

    El nuevo miedo tiene nombre y se llama Ómicron. Es la cepa procedente de Sudáfrica que ha evolucionado tanto respecto a la que nació en Wuhan que podría escaparse de las actuales vacunas. En realidad no lo sabemos, por eso se dice que ‘podría’. El maravilloso uso del condicional que te permite afirmar lo primero que se te pase por la cabeza, pero con la tranquilidad de que nadie te pueda tirar en cara estar mintiendo. Es la diferencia entre la ‘posibilidad’ y la ‘probabilidad’.

    ¿Es posible que un avión sufra un accidente y te caiga encima mientras tomas un café en una terraza? Sí, físicamente es posible. ¿Es probable? No. Es absolutamente improbable.

    Los médicos que ya han tratado a los primeros infectados con la variante sudafricana dicen que los síntomas han sido “bastante leves” y que, de momento, “no hay motivos que justifiquen el pánico”, pero con apenas unas decenas de casos confirmados en todo el mundo los pronósticos agoreros ya están ahí: podría ser un 500% más contagiosa. Podría colocarnos en la casilla de salida. Podría obligarnos a cancelar todos los actos navideños...

    En esta pandemia del condicional se han asegurado infinidad de dogmas que al final no se han cumplido. Uno, por ejemplo, es el de la inmunidad de grupo. Desde el principio se afirmó que necesitábamos vacunar al 70% de la población para conseguir esa protección de rebaño que haría que el virus no tuviera cómo saltar de persona en persona. La realidad es que hemos superado el 85% de cobertura –más del 95%, si nos limitamos a la población vacunable- y el virus circula como si cruzara la ciudad a las 4:00 de la mañana.

    Tampoco los datos de efectividad de la vacuna son los que se dijeron. La vacuna es maravillosa y su estadística es espectacular, pero un poco menos espectacular de lo que se pensaba, lo que viene de perlas a quienes se dedican a buscar errores argumentales.

    Se ha llegado a decir que las mascarillas no eran necesarias e, incluso, que eran contraproducentes. Recuerdo una rueda de prensa de la consejera, Verónica Casado, explicando de forma gráfica lo peligrosa que puede ser una mascarilla si se toca y manosea por el lado incorrecto. También fue célebre aquello de que este virus era poco más que una gripe, y esto lo han dicho desde periodistas hasta reconocidos especialistas. Y también Fernando Simón.

    Todo se resume a una cuestión de que son muchos los que hablan, pero pocos los que tienen algo relevante que decir.

    De la lista de fuentes a las que se puede creer a pies juntillas iría eliminando a la OMS, que ha rozado el ridículo, especialmente, al inicio de la pandemia. Justo cuando más necesitados estábamos de una guía. La OMS vino a reconocer el riesgo de los aerosoles cuando ya todo el mundo usaba mascarilla y guardaba un par de metros de distancia. Hablaban de “posible riesgo de pandemia mundial” cuando ya morían miles de personas diarias en todos los continentes. Una cosa es ser cauto y esperar a la evidencia científica y otra es anunciar que la Tierra es redonda en pleno siglo XXI.

    Hace un par de semanas oí decir a alguien en el Centro Gallego que esta pandemia ha dejado a muchos epidemiólogos a la altura de los vulcanólogos, que casi han esperado a que la lava se trague media isla de La Palma para confirmarnos que sí, que existe cierto riesgo de que el volcán entre en erupción. Ahora nos dicen que podría tardar mucho -o quizás no tanto- en parar, si es que se detiene. Que debería hacerlo, pero que tampoco es seguro porque la naturaleza es impredecible y aunque no es culpa nuestra, entre todos la hemos enfadado, pero a lo mejor todavía se podría hacer al respecto. O no. Quién sabe. Podría ser. Podría.

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