04 marzo 2021
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Lo de este Gobierno no es normal

    NO es normal. Un Gobierno que incita a la violencia no es normal. Eso solo puede verse por ahí cuando los dirigentes han perdido el oremus, como ocurrió hace poco con Donald Trump, o cuando los totalitarios ostentan el poder, como ocurre cada día en Venezuela o en Corea del Sur.

    No es normal que desde dentro del Gobierno se aliente la revuelta en defensa de un delincuente violento, cuyo gran mérito es canturrear versos que incitan a la violencia. Eso solo ocurre aquí.

    No es normal que un Gobierno democrático justifique la violencia contra las fuerzas del orden del propio Gobierno, y eso no ocurre en ningún otro sitio del globo terráqueo: solo puede ocurrir en España con el actual ejecutivo sanchista-comunista.

    Porque vamos a decirlo claro: no son Pablo Iglesias y los portavoces de su partido los que han alentado las algaradas en las calles de Barcelona, Valencia o Madrid. Es el Gobierno de España, porque El Moños sigue ejerciendo y cobrando como vicepresidente del Gobierno de España y sus otros cuatro colegas, entre ellos su compañera Irene Montero, continúan sentándose en el Consejo de Ministros. Y por tanto Pedro Sánchez no solo es cómplice por permitirlo, sino que es coautor de semejante despropósito por mantener el asiento y el sueldo de los marqueses de Galapagar.

    El Doctor Sánchez puede salir en público a decir que “el uso de cualquier tipo de violencia es inadmisible en una democracia plena”, como hizo hace dos días, pero sus declaraciones suenan a música tan celestial como inútil, porque la única respuesta democrática, legal y moral ante la deriva guerracivilista de su vicepresidente es ponerle de patitas en Villatinaja, para que vuelva a vivir de lo que le pague su partido o, mejor aún, de impartir clases sobre la revolución bolchevique y de los fondos que generosamente le envían los sátrapas de Irán o Venezuela. Todo lo demás son posturitas, estrategias diseñadas en la Factoría de Ilusión Iván Redondo SA para consumo de los ciudadanos con más amplias tragaderas.

    Solo hay una forma de abordar este escándalo: como lo que es, una vergüenza para España y un motivo de cachondeo en la Unión Europea, cuyos líderes nos ven como los imbéciles del sur que se dejan gobernar por socialistas, comunistas y antisistema. Un país autodestructivo, en el que el presidente pacta y se apoya en quienes trabajan con denuedo para destruirlo. Pero hay dos interpretaciones sobre las consecuencias internas, sobre lo que está ocurriendo entre Pedro y Pablo. Tenemos una mala, y otra peor.

    La mala: aquí se está rompiendo el Gobierno por las diferencias insalvables entre la parte bolchevique y bolivariana y la del socialismo... digamos pragmático. Eso presupone que Sánchez tiene una ideología interiorizada, aparte del narcisismo, y eso es mucho suponer. Esa interpretación llevaría a la expulsión de los podemitas del cielo gubernamental y la búsqueda por parte del PSOE de un acercamiento a Cs y PP, o lo que queda de ellos. Eso, o un gobierno en solitario, con prórrogas y geometría variable. Todo muy complicado.

    Y la otra interpretación, la peor: no hay verdadera pelea entre los dos picapiedras, sino un reparto de papeles y un evidente beneficio mutuo. El Moños necesita desmarcarse de la gestión del Ejecutivo, incluso desde dentro, para recuperar voto entre los desheredados de la tierra, mientras que el Doctor No está encantado de enfrentarse al radicalismo molotov porque hacer de hombre bueno, moderado y con porte institucional le reportará apoyos en el centro, que es donde se ganaban antes las elecciones (ahora se ganan en las redes sociales, por desgracia para la salud democrática).

    Según esta segunda interpretación, Pedro y Pablo continuarán actuando como enemigos durante toda la película (otros tres años de legislatura, ¡ay!) y nada les hará romper porque se necesitan mutuamente. El uno para calentar colchón en La Moncloa y en otro para disfrutar del césped en la dacha de los Ceaucescu. Todo ello muy normal, no como el tal Hasél.

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