28 septiembre 2021
  • Hola

Lleno, por favor

29 jul 2021 / 03:00 H.

    HACE algo más de treinta años salí de la España vacía o vaciada (que en aquel entonces ella misma no sabía que lo era) camino de la Europa llena. Nunca pensé que venía de un desierto ni que con mi partida contribuía a que lo fuera. Sí que comprendí rápidamente que en la Europa del norte, ese vacío entre pueblo y pueblo no existía; que las carreteras comarcales eran como avenidas de ciudad donde se encontraba de todo y que la gente vivía a una hora de su trabajo porque, entre otras facilidades, tenían una buena red ferroviaria que funcionaba en algunos casos con la misma frecuencia que el metro de una gran urbe. Eran trenes que atravesaban fronteras con mayor facilidad que en España atravesaban provincias y, en general, aquellos pueblos rezumaban prosperidad y bienestar y sus habitantes eran de pueblo por el gusto de serlo, y no porque no les quedara otro remedio.

    Mientras en España cuatro o cinco ciudades no dejaban de crecer y de llenarse de gente que más que irse de los pueblos, se escapaba, en la Europa central y del norte los urbanitas se instalaban en ellos impidiendo que murieran; llenando sus escuelas de niños, construyendo casas con jardín sin que tuvieran que estar adosadas unas a otras y estableciendo un nexo de continuidad en el territorio que a mí me impresionaba (y hasta me aburría visualmente, para qué negarlo) pero que a la larga demostraba ser muy eficaz para impedir la despoblación, que ya tenemos claro que no trae ninguna ventaja. Los emigrantes que se llamaron “de aluvión” y que fueron a parar a Madrid o Barcelona, salieron adelante con no poco esfuerzo y penurias y acabaron siendo tan madrileños o barceloneses como los de allí de toda la vida. Y de todos sus ahorros y su merecido ascenso social no les quedó a sus tierras de origen de la Andalucía interior, de Extremadura, la Mancha o nuestra Castilla más que el recuerdo de algún veraneo y casas y corrales que se caen a pedazos porque no tienen dueño y a nadie interesan.

    Parece que la despoblación y la España vacía está saliendo del baúl de los recuerdos a donde las enviaron. Están desempolvando el expediente y a ver si, con un poco de suerte, deciden ponerle algún remedio rápido antes de que tengan que mandar al enfermo a la sección de cuidados paliativos. Castilla es ancha y plana como el pecho de un varón que decía el poeta, pero no tiene por qué estar condenada a ser vieja, abandonada y desconectada; y menos aún a sufrir por ser el destino de los que celebran despedidas de solteros (no las hay ahora pero volverán, ya verán ustedes, ya) o turismo de copas a un euro de fin de semana.

    Yo, que vivo en la Europa de casas por todas partes y pueblos separados del siguiente porque lo dice un cartel, agradezco el paisaje despejado y, mejor aún, salpicado de encinas de mi tierra o de alcornoques en mi otra tierra familiar. Pero a los que viven desperdigados por ese paisaje les gustaría, imagino, tener una escuela primaria y un par de maestros, una agencia bancaria o al menos, un cajero automático; un médico a quince minutos de coche como mucho y un centro de salud comarcal, y por supuesto y una conexión a Internet; y con todo eso tampoco están pidiendo la luna. Si a ello se añadiera una carretera decente hasta enganchar con la autovía cercana, una gasolinera y un pequeño supermercado, más de uno se pensaría si marcharse a una ciudad donde vivir con cinco personas en setenta metros cuadrados a precio de milla de oro y sin terraza. Curiosamente, en la Europa llena y hasta saturada, las ciudades no fagocitan sus entornos y mucho menos las capitales, a donde se desplazan cada día miles de provincianos que tienen mejor calidad de vida en sus lugares de origen. Impresiona ver los trenes abarrotados por la mañana y los atascos en las autopistas, pero digo yo que tanto movimiento les compensará a final de mes a la mayoría, que lo hace porque quiere y en absoluto obligada y que al volver a casa por la tarde disfruta de las ventajas de la gran ciudad sin sus muchos inconvenientes.

    Nuestros vecinos portugueses, que también vaciaron su interior, dicen que Portugal es Lisboa y que todo lo demás es paisaje. Ojalá no sigamos por ese camino y España se convierta en Madrid y Barcelona (y sus correspondientes conflictos) y todo lo demás, paisaje.

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