05 agosto 2020
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Las prisas, para los malos toreros

08 jun 2020 / 11:29 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

En tiempos de políticos rastreros y mentirosos (léase Grande-Marlaska), de otros sin escrúpulos (Díaz Ayuso) y algunos mediocres peligrosos (Alberto Garzón, por ejemplo), te reconforta leer reflexiones como la del presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. No soy ni un fiel ni un fanático en política, pero suscribo línea por línea lo que el salmantino afirmó en la amplia entrevista publicada en LA GACETA este domingo. Las preguntas fueron las oportunas y las respuestas, también. Para quitarse el sombrero. Hay un razonamiento que resume la eficaz gestión de la Junta de Castilla y León en la crisis del coronavirus: la oposición no ha tenido argumentos para la crítica. Algo que aplaudo a uno de los personajes que más he criticado en este foro, Luis Tudanca. En esta Región inconformista en ocasiones y pasota, en otras, ha habido un consenso muy amplio con respecto a la forma de lidiar con ese ‘Miura’ llamado SARS-CoV-2. En primer lugar porque se ha sido transparente. No hay ninguna comunidad en toda España que haya dado más y mejores datos (así lo ha reconocido la prestigiosa organización internacional sin ánimo de lucro Dyntra). Pero tampoco nadie ha sido tan prudente. Y eso es de agradecer.

“Tengo a todos y cada uno de los fallecidos todos los días en mi conciencia”. Esa frase de Fernández Mañueco que puede resultar forzada e impostada, es en este caso cierta. En Castilla y León, nuestros gobernantes tienen muy presentes a cada una de las personas que se ha llevado el virus. Y eso me tranquiliza. Muchos no pueden decir lo mismo. Los que se juntan en tropel en las terrazas. Los que no dan mascarillas a sus empleados. Los descerebrados que hacen botellón junto al Puente Romano... A todos esos les da igual. Se la trae al pairo que en esta Región se hayan perdido casi 2.000 vidas. Jamás pensé que la memoria fuera tan frágil. Que una cerveza fresquita en la Plaza Mayor borrara a miles de ataúdes. Que un parloteo con los amigos a escasos centímetros evaporara las imágenes de los sanitarios exhaustos y los hospitales llenos. Se suele decir que para no repetir los errores del pasado hay que tenerlos continuamente presentes. Esto ha sucedido hace dos días y muchos ya lo han arrinconado en su memoria.

Por eso valoro las llamadas a la prudencia. Ya sé que todos aquellos que han tenido sus negocios cerrados durante tanto tiempo están deseosos de abrirlos. Que la situación económica es insostenible. Yo fui el primero que jamás imaginé que un país pudiera paralizarse de cabo a rabo por un virus que muchos asemejaban a la gripe. Pero hemos visto su virulencia. Unas semanas más con el cartel de cerrado pueden evitar que en un mes volvamos a las andadas. Porque el virus no se ha ido y, lo que es más inquietante, sigue siendo un gran desconocido. Por desgracia nos dará nuevas sorpresas y ante semejante desconcierto, solo cabe la cautela.

Si por Díaz Ayuso fuera, Madrid había concluido ya la desescalada y nos habría regalado un reguero de rebrotes. La presidenta de la Comunidad ha dado un ejemplo de insensatez olvidando por completo la escabechina que se ha producido en sus residencias. Tampoco tiene en cuenta que la capital de España fue la gran propagadora del virus por todo el país. Si tiene que haber un último de la fila, ese tiene que ser Madrid. Sin embargo, Ayuso pretende estar solo una semana en fase 2. Indecente.

Si en Castilla y León somos los últimos en alcanzar la ‘nueva normalidad’, será motivo de orgullo. Mejor tardar en llegar a la meta que dar pasos en falso. Mejor ser legal, que doparse. Odio las prisas. Como reza el dicho, son para los delincuentes y los malos toreros. Pero ahora a todos les entran. Queremos abrir las fronteras. Que lleguen turistas. Que volvamos a la normalidad, aunque le pongamos el apelativo de ‘nueva’. No seremos “libres” hasta que no haya vacuna. Mientras tanto, acostumbrémonos a esta nueva vida y, sobre todo, miremos con respeto a un bicho que ya nos ha puesto en jaque.