17 septiembre 2019
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Las historias

22 may 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

A dónde acudimos para contar nuestras cosas, nuestros pequeños y grandes sucesos, cuando nos sentimos asustados, traicionados, decepcionados, explotados, abandonados? Como personas buscamos el hombro amigo o el abrazo enamorado que nos empuja a poder con todo o casi todo, el ímpetu olvidado en el fluir precipitado de una conversación de desahogo. Si estamos fuera de esa protección, la vida se nos muestra más dura. Terapia humana imprescindible de hombre a hombro que deshace los nudos de la garganta y del corazón.

¿Y cómo hablamos como seres sociales cuando, a veces, la existencia se encara con nosotros y entre lamentos de adulto herido pasamos las pruebas que nos premian con la madurez? Vamos a las instituciones, a nuestros servicios públicos, a nuestras urnas a decir que nos escuchen, nos solucionen, nos recuerden, nos cuiden como ciudadanos. Usamos los 140 caracteres de Twitter para la explosión súbita de alegría o de enfado, el Face para contar algún pensamiento sencillo y el Instagram como notario virtual de nuestro paso por la vida. Y las cartas al director continúan vivas y mordaces buscando sitio en el cierre; y las voces que se manifiestan en las calles son intergeneracionales, participantes de un grito común que destruye la soledad vital, el anonimato global, durante el breve recorrido urbano que acoge la causa a reivindicar, siempre con un pie dentro y otro fuera de nosotros mismos.

Quiero recordar otra voz coral que va creciendo y volviendo a la fuerza que tuvo cuando nació; es el cine documental y sus nuevos nombres y, sobre todo, sus nuevos temas. Cuando John Grigson definió por primera vez este estilo cinematográfico tuvo la certeza de haber encontrado el mejor modo de expresión posible para contar el esfuerzo humano, su lucha y adaptación, en su plenitud y su crueldad. Es innegable la vitalidad de la producción española actual y la capacidad de reflexión a la que nos arrastra. Investigaciones inéditas, vidas extremas y puntos de vista profundamente ricos en la construcción de nuestro aquí y ahora, nos notifican problemas que la sociedad tiende a ocultar en su desazón o en su hipocresía. Ciudadanos perdedores protagonistas de actos heroicos, seres que hacen fuerte su memoria en la cámara de sus directores y nos buscan como cómplices para sobrevivir en sus vivencias, y modelar nuestra época.

Documentales recientes nos han dejado en la pantalla la vida de la mujer vasca para quien su familia pedía la eutanasia, la trata de blancas como causa de la política económica global, la búsqueda de los muertos de la guerra, los refugiados y migrantes que llegan al invierno de Europa, las kellys que tienen voz por primera vez, la armas españolas que anuncian la guerra en algún lugar del mundo, los desahucios, el booling de nuestros escolares... nada es fácil, y tampoco la vida, que canta Pablo Guerrero y nos prohibe encerrar nuestras voces como una mar en las conchas o un grito en las campanas. Voces luminosas sobre nuestras humildes grandes historias.