20 marzo 2019
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Las afueras

13 mar 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

Estamos en la antesala de lo que los expertos llaman quinta revolución industrial protagonizada por las 5G, la generación de la tecnológica móvil que llegará en 2020. La última ceremonia de los premios Goya ya ha podido verse simultáneamente en la televisión y en una emisión de 360 grados en tiempo real a través de la web, YouToube y la correspondiente APP, con mucha más información e imágenes que en la televisión convencional. Se llaman nuevas experiencias inmersivas.

Nuestro mundo real nos es cada vez menos útil. Queremos conjugar el verbo vivir enganchados a nuevas sensaciones, muchas encontradas en la realidad virtual. Viviremos a través del móvil una transformación de la relación con los utensilios que hemos construido, pagaremos por nuevos servicios a cambio de ganar tiempo, y sobre todo, de pisar menos la calle. Hay en ello una apariencia de intervención activa, de acción; sin embargo, desconfío, otra vez, del uso que harán las compañías impulsoras de este gran cambio con la información de la precariedad de nuestras neveras, con el aburrimiento de nuestras mascotas urbanas, con los viajes de nuestros coches sin conductor, con los números rojos de nuestras cuentas corrientes.

Ya saben demasiado de comportamientos y gustos ajenos por nuestra voluntaria imprudencia de desnudarnos en la red. Hábitos y consumo, obsesiones, cursiladas, exabruptos, fake news componen el perfil mayoritario de este mundo virtual creado con bastantes buenos deseos y muchas manías de humanos. Con todo ello se ha construido, en menos de dos décadas, un mundo paralelo, trasunto de la ficción del videojuego, pero con una estética con más luz, color y acción que ha colonizado toda la red.

¿Quién querrá de nosotros salir afuera, si ahí dentro la vida y el éxito, hasta los recuerdos, brillan más? Mientras construíamos el mundo virtual hemos destrozado, en tiempo record, el que teníamos el deber de conservar. El sol nos quema más, la Antártida se derrite, los microplásticos envenenan el planeta y nuestra contribución megalómana al progreso y la sobreabundancia que tanto nos cegó, ahora nos destruye.

La tecnología va consiguiendo que percibamos nuestro mundo real como las afueras de lo virtual, donde todo tiene caducidad, dudas, anonimato. Hay en ella valores enormes como el alejamiento de la soledad o la emergencia de una organización social súbita y brillante, eventual pero efectiva. Todo insuficiente para la cuenta atrás de proteger el aire que respiramos o el agua que necesitamos.

Con todo esto en la cabeza, pregunto a mi hija que cuál es el peor modo de contaminación que conoce. Me contesta: las palabras, las opiniones de los demás que nos hacen daño, mientras graba un boomerang de sus zapatillas sobre el salpicadero del coche. Me noquea. Abro la ventanilla y el aire fresco me devuelve a la vida del inabarcable campo castellano.