18 julio 2019
  • Hola

Larga vida al papel

15 may 2019 / 03:00 H.
Esther Vaquero
500 palabras

Aún recuerdo el día en que mis padres me hicieron el carnet para la biblioteca del barrio. Tendría 4 años y me pareció que ante mí se habría un mundo infinito y lleno de posibilidades. ¿De verdad podía sacar cualquier libro que quisiera, sólo con esa cartulina plastificada? Aquello sí era una llave maestra o una varita mágica, y no las de los cuentos.

Recuerdo que comencé por un libro de Mafalda, pero me habría llevado también los otros 20 de la colección. Apenas había comenzado unos meses atrás a juntar la eme con la a, pero se me daban bien las letras. Llegué a casa, lo devoré y aquella noche dormí nerviosa por volver la mañana siguiente a coger el próximo. La voracidad diaria pasó poco a poco a ser semanal, o mensual.

Hoy, cada vez que paso por delante de los barrotes abandonados que durante tantos años custodiaron la biblioteca de la Caja de Ahorros en el barrio de El Tormes, me invade la nostalgia. Cuántos niños —hoy ya adultos y padres— pasamos por allí para hacer deberes, consultar enciclopedias, leer tebeos y alguna vez también para hacer el gamberro con los amigos. Ya era un clásico el “Chisssssttttt” desesperado de aquel bibliotecario de paciencia infinita.

Con los años fui ampliando la colección de carnets. El de la Casa de las Conchas, el de la Sánchez Ruipérez (¡qué colección de revistas y películas tan maravillosa!) y más tarde el de la Torrente Ballester. En todas había algo nuevo, algo distinto. El día que supe que también iban a cerrar la de la Fundación Sánchez Ruipérez, me dio otra punzada en el estómago. Como cuando te cuentan que se ha muerto un amigo que durante años fue muy cercano a tu familia. “¿Qué has hecho tú para evitarlo?”, me pregunté. Llevaba años viviendo fuera de Salamanca y varios lustros sin pisar aquella biblioteca que fue la de mi adolescencia, es cierto.

Con el cierre de la librería Cervantes me pasó algo parecido. No quise creer que aquel símbolo de la ciudad se esfumaba de repente. Pero los proyectos bonitos y las pequeñas o grandes empresas necesitan cuidados. Cuando a sus dueños les llegó la hora de la retirada y nadie pudo o quiso ponerse al frente, los salmantinos perdimos un emblema. Otro.

Hay quien apunta a que las bibliotecas y librerías están abocadas a desaparecer. Que los gigantes de Starbucks, Netflix o Amazon las devorarán. Llámenme clásica, o romántica, pero a mí siempre me gustó el papel. Aunque use de viaje un libro digital —nadie discute que ahorra espacio y peso—. Si dan a elegir, denme papel. Su tacto, su olor, el placer de pasar las páginas. Los paseos tranquilos por la feria cada 23 de abril para cazar ofertas... Larga vida al libro, y larga vida al papel. Que tampoco me quiten LA GACETA cada sábado que vuelvo a Salamanca.