02 abril 2020
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¡Larga vida a la matanza!

17 feb 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Directamente. Sin tapujos, como se titula mi opinión. Algunos animalistas son indocumentados que ignoran por completo la realidad de este país. Parásitos que intoxican a la opinión pública. Un ‘lobby’ malintencionado que se aprovecha del desconocimiento para generar una corriente de opinión infecta. Una bomba en la línea de flotación del medio rural. Un dardo envenenado a la llamada ‘España vaciada’. Esa que dicen apoyar sectores de la izquierda que al mismo tiempo son afines y aliados de los ‘animalistos’. Es muy fácil llenarse la boca con la lucha contra la despoblación mientras vives en un apartamento en la Castellana. Es sencillo pedir medidas para revitalizar los pueblos cuando lo más cerca que has tenido a una vaca es en la etiqueta de los chocolates Milka. Son populistas que se aprovechan de la ignorancia. Lo siento, pero no voy a ahorrarme ningún calificativo en este artículo. Sujetos así no se merecen respeto porque jamás se lo han ganado. La consideración y la deferencia se logran con el sudor de una frente que ellos jamás han visto humedecida. Son vulgares analfabetos funcionales que viven en una burbuja irreal.

Me calmo un poco para pasar a los argumentos. Porque habrá algún digno que asegure que suelto una sarta de improperios sin dar razones para ello. Personajes carentes de valentía que jamás se mojan en sus escritos para no perder su bicoca mensual. Este pasado fin de semana he tenido la suerte de disfrutar de una de las tradiciones más auténticas y fascinantes que hay en España. La matanza es una seña de identidad de muchos pueblos, especialmente de Castilla y León. Un ritual que iba mucho más allá del simple sacrificio de un cochino. Era una fiesta, una reunión familiar, una confraternización con los vecinos. El cerdo era más que un animal. Era el sustento de todo un año. Un manjar variado y nutritivo que había que cuidar hasta el último soplo de vida. El carácter que tenía este episodio ya se ha perdido, pero sigue en la memoria colectiva de muchas personas que nos criamos en un pueblo. Además despierta curiosidad e interés en el visitante, ávido de conocer más sobre las tradiciones más ancestrales. Por eso la matanza es un recurso turístico. Una forma de recordar que el cerdo y el hombre van de la mano. Que sin su carne el ser humano se habría extinguido. Que nadie se ha criado comiendo nabos y berzas como defiende ese movimiento enfermizo llamado veganismo.

Gracias a la Diputación de Salamanca, la matanza sigue viva en muchos municipios de nuestra provincia. Personalmente la he disfrutado en varios, pero me ha llamado mucho la atención cómo se desarrolla en El Burgo de Osma. Esta localidad soriana, en medio de la nada, pero en el centro de casi todo, congrega cada sábado de enero a abril a cientos de personas en torno a este ritual. Además de disfrutar del despiece del cerdo previamente sacrificado según la normativa vigente, los visitantes se reúnen en un gran salón para degustar 22 platos matanceros. Una auténtica ‘bomba calórica’ que sabe a gloria al son de la dulzaina. Una fiesta auténtica que horroriza a los remilgados iletrados que basan su dieta en el tofu, la soja y otras basuras variadas. Me comentaba Armando, artífice de este producto turístico de primer nivel, que esa escoria del PACMA le había tocado las narices en más de una ocasión. Que incluso habían sido capaces de demandar a pueblos de 30 habitantes de la provincia soriana por sacrificar a un cerdo. Simplemente habían visto un vídeo en YouTube y lo habían denunciado. Así de simple. Así de vil y patético. 6.000 euros de multa para una localidad que lucha por sobrevivir defiendo una tradición irreprochable. Porque al cerdo no se le maltrata. Se le cuida y se le mima. Se le alimenta casi mejor que a muchos humanos. Y se le sacrifica de forma limpia para aprovechar hasta su sangre. Si ser animalista es eso, no me queda otro remedio que calificarlos como inmundicia. Como dementes peligrosos que quieren acabar con el medio rural para imponer su enfermizo estilo de vida. ¡Larga vida a la matanza y a la España rural!