11 diciembre 2019
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Larga noche

12 nov 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

De las urnas salió nada nuevo, o sea, que estamos como estábamos, o peor, por lo que de poco ha servido la experiencia. A ver cómo salimos de ésta. No hemos solucionado el problema, más bien lo contrario al complicarlo más aún de lo que estaba. Para este viaje no hacían falta alforjas, sin embargo, cargamos con ellas, nos pusimos en camino a ninguna parte y cuando el camino terminó vimos que después de mucho andar estábamos en el punto de salida, no habíamos avanzado nada. ¿Y ahora, qué? ¿Vuelta a empezar? Es decir, otras elecciones o, para evitarlas, pasar por el aro del peor de los apaños posibles.

Cierto es que este camino había que andarlo, era necesario hacerlo dada la oportunidad que nos ofrecía de salir del atolladero, pero con brújula, no al ojeo, de cualquier manera, a la aventura, dejándonos llevar por el entusiasmo y sin un repaso previo del terreno ni un destino preciso. Ha faltado seriedad, compromiso, sinceridad, sosiego, ecuanimidad y sentido patriótico, y ha sobrado personalismo, codicia, pobreza de espíritu y bajura de miras. No es el ombligo de nadie y menos el propio el más recomendable punto de referencia a ninguna parte que no sea hacia uno mismo. El resultado a la vista está.

Al final los números no han salido al gusto de ninguna mayoría a la que poder confiar por lo menos cuatro años de nuestro futuro. Todo ha amanecido tan confuso que a saber, y aunque a algunos les ha ido bien, no así a España, que se despertó de esa larga noche tan bloqueada como lo estaba cuando se echó a dormir. Por eso repito la pregunta que hice antes: ¿Y ahora, qué? ¿Volveremos otra vez a empezar para tropezar de nuevo en las mismas piedras y acabar donde siempre? ¿Quién ha metido la pata esta vez? ¿Los de siempre? ¿Y quiénes son esos?

Están los que aseguran que el pueblo soberano no se equivoca nunca. Si decirlo es un error, más lo es creérselo, porque el pueblo soberano, lejos de ser infalible, se equivoca más que el no soberano, al que ni siquiera le ofrecen la oportunidad de poder hacerlo aunque sea de vez en cuando. Aquí no hay dioses, por tanto todos aquellos con posibilidades de meter la pata, la mete hasta el corvejón y no la saca. Y eso es lo que hemos hecho ahora todos, incapaces de aprender de nosotros mismos, no obstante ser la mejor lección de la que podemos echar mano. Pues no hay forma.

Los electores cumplieron con su parte. El resultado ahí está. Ahora les toca responder a los elegidos. Es su turno. Aún cuando las circunstancias no son favorables para el desbloqueo, ¿sabrán estar a su altura y rematar la faena que los electores han dejado a medias? ¿O se dejarán dominar por el instinto bastardo que hasta ahora los ha movido? Es pronto todavía para prever con nitidez ninguna cosa, pero conociendo al personal que se mueve por la escena política se puede temer con argumentos más o menos certeros la que se nos puede venir encima si se impone el instinto sobre la razón, en unos momentos en los que, probado está, la razón no parece condicionar la actitud de los protagonistas de este esperpento.

Escaso margen queda donde buscar y encontrar un Gobierno con garantías, Gobierno que se puede conseguir pero a costa de mucho sacrificio, el que exige la altura de miras, que requiere a su vez olvidarse de uno mismo, o el sentido de Estado, que sólo se alcanza renunciando a todo aquello que nos ha arrastrado hasta el aldeanismo actual. No verlo así significa el deseo de continuar como estamos. Si echamos cuenta sale que España suma con el PSOE, pero sin Sánchez, que como quiere seguir donde está al precio que sea, ha dado a entender cualquier imposibilidad (ante el vacío que según sus cálculos existe) de poder elegir ninguna otra opción que no sea él o el caos. Si así empieza este nuevo capítulo, fácil es de averiguar cuál será su final: el peor de todos los posibles, con que visto lo que puede haber, porque anunciado está, larga noche nos espera.