06 agosto 2020
  • Hola

La ventana

15 jul 2020 / 03:00 H.

    Era preciosa, amplia, panorámica y a través de ella se prometía una día luminoso e indolente de verano. La madre, café en mano, miraba el jardín con media sonrisa de fin de semana. La adolescente desayunaba enfrente, vestida para salir a correr, y dudaba si ponerse algo encima de la camiseta. La madre, con su saber ancestral, saca rápido su brazo. A su espalda, la adolescente pregunta al móvil: ¿qué temperatura hace ahora? y la voz de Siri, solícita, pronuncia los grados mientras la madre dice que no hace falta llevar nada. Al poco, la niña aparece con una sudadera encima como para empadronarse en el Ártico, guiada por la misma e ignota apreciación subjetiva que le ha llevado a sobrevivir al invierno mesetario con los tobillos al aire y zapatillas de tela o tops imposibles bajo anoraks sin abrochar... El termostato y el desafío adolescente queda a años luz de esa ventana. Y me hace evidente la paradoja de que pocas cosas hay tan subjetivas como la narración del tiempo meteorológico y, acaso, del histórico, a pesar de la gran aportación de grados y fechas.

    Por eso se inventó ese término sensible e impreciso de sensación térmica, que nos aporta la corrección de un concepto tranquilizador que permite transitar a nuestra juventud con tirantes en invierno y polar en agosto sin problemas y a nosotras, si cometemos el error de salir con ellos/as, a punto de necrosis muscular porque les hemos dejado nuestro abrigo o de lipotimia agosteña como porteadoras de todo lo que les sobra encima.

    La sensación histórica de este tiempo también me resulta paradójica. Mientras descubro que la ventana de una casa no es suficiente para conectarnos a la realidad o para que una adolescente pueda elegir su vestuario diario, me entero de que internet se ha hecho demasiado grande. Y de que ahora vamos a transitar por otros derroteros. La gran ventana pretende ser ojo de buey. Hay un movimiento que quiere que internet empequeñezca, se haga más local, para que volvamos a ser dueños de nuestra privacidad. Que algunas empresas están trabajando en una tecnología descentralizada que se ejecutaría en la red en lugar de en los servidores de Facebook, Google o Amazon que amasan, estiran y hornean nuestros datos. Y de que hay un montón de iniciativas para que la red vuelva a ser un espacio democrático y libre. El nuevo hogar de la mente como fue descrito por J.P. Barlow en La declaración de independencia del ciberespacio (1996).

    Y mientras internet vuelve a su hogar después de haber hecho el bandarra por nuestras pantallas con sus deepfakes, su desinformación y sus cookies interesadas ¿qué pasa con la inteligencia propia que sobrevive en cada casa? Este tiempo raro me reserva una fantasía: quiero ver a Siri mirando por la ventana, con una rebequita puesta, y el calendario zaragozano en la otra, susurrándome el tiempo cada mañana.