15 diciembre 2019
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La terraza de Cañadío

21 nov 2019 / 03:00 H.

El ADN de la vida está compuesto por “hélices” de momentos, no le demos más vueltas y quememos todos los libros de estúpidas y falsas “autoayudas”... Y un lugar adecuado, un mantel blanco, y la compañía perfecta es el marco ideal para uno de esos momentos de esplendor casi, casi impresionista dada la luz que suele acompañarlos... Y algunos de esos momentos yo los encuentro en la terraza de uno de mis restaurantes favoritos de Madrid, “Cañadío”, en Conde de Peñalver, casualmente justo a espaldas de la calle Alcántara que marcó mi vida y mi devenir... En esa terraza soy feliz y lo soy más allá de mi particular Efecto Mariposa y del color perfecto de una copa de vino blanco; lo soy porque la terraza de “Cañadío” es una burbuja (ah, olvidé decirles que el ADN de la vida son hélices de momentos... y burbujas) entre el tráfico de Madrid y el ajetreo de los viandantes... Porque los momentos y las burbujas necesitan de nuestra inquietud personal, pero también de quienes trabajan, de quienes trabajamos para los demás, de quienes buscamos la felicidad del prójimo porque sí, no digamos si el prójimo es ese lujo llamado cliente.

En la terraza de “Cañadío” se dan dos factores que hacen de mí una persona feliz y un cliente satisfecho: una normativa municipal con amplitud de miras, que permite allí donde se puede terrazas cerradas y bien equipadas —incluidos calentadores eficaces y con buen diseño—, y un interés evidente por parte de la empresa explotadora de buscar la excelencia creando una atmósfera acogedora y cómoda para quienes gustamos del aire libre y de la luz, o para quienes una comida y un cigarrillo son parte de un momento... aún mejor.

Y aquí es donde regreso a Salamanca, ciudad que no acaba de dar con la tecla de integrar las terrazas a su realidad urbana y turística. Tenemos el mejor escenario, y el peor patio de butacas, y todo por una falta de ambición e interés tanto por parte del municipio como de los empresarios. Y Madrid, para tomar ideas, no está tan lejos, ¿no?