28 febrero 2021
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La solidaridad

    SONÓ la explosión, instantánea, áspera, quebrantadora de vidas y de edificios. Quienes estaban en esa calle madrileña se pararon en seco; unos por la incredulidad de quien se reconoce protagonista con la vida en juego y no puede medir la dimensión de la línea invisible que separa la caída incontrolable a uno u otro lado de la fatalidad. Otros, para descifrar lo ocurrido. La escena se recompone poco a poco en las aceras, con la calzada llena de cascotes desparramados y pisadas inseguras sobre su alfombra en el asfalto.

    Las cámaras de los móviles cumplen su papel de registro inmediato, fehaciente, caliente el ánimo de quien presencia todo como actor expuesto, salvado por unos metros providenciales, más allá del papel de testigo accidental. El ciudadano moderno es ojo permanente, exhibidor de causas propias y ajenas en igual medida. Nos acerca a lo que ocurre especial en su ir y venir y a lo que le gustaría que ocurriera en la narración pública de su existencia. Somos todos invitados en el festín permanente de la actualidad y la privacidad, mientras nuestras vidas transcurren anodinas, simplificadas, en el decorado sombrío de este nuevo entorno excepcional. Es difícil compatibilizar la llamada a la rutina, encasquillada en el calibre de los números que marcan nuestras horas de encierro, con la emergencia real de estos meses vividos. Un suceso al modo clásico, inesperado, parece encauzar la esquizofrenia de este momento, como si en el susto de esta explosión se advirtiera, paradójica, la sombra de algo que puede ocurrir, sin predicción, pero dentro del azar al que apuesta la normalidad. No como este do sostenido interminable que ha alterado nuestra partitura hasta convertirla en una sinfonía infinitamente inacabada.

    Ese vídeo anónimo muestra a algunos ciudadanos, supongo que aturdidos; algunos se dirigen al edificio, otros se alejan. En la calzada un hombre empieza a retirar los cascotes con sus manos porque, fuera del encuadre, se oyen la sirenas de las emergencias. Llegan más hombres aparecidos de la nada, y con ellos más manos, que retiran grandes piedras rápidamente para dejar paso a ambulancias y bomberos. Y lo consiguen. Esta intervención ciudadana certera deja que salga a la superficie quienes éramos de verdad, antes de este desconfiar impuesto, postizo, impostor, en nuestro diario caminar.

    Las imágenes consiguen descongelarme el rictus que me acompaña con las primeras irregularidades en el salto de los turnos para recibir la vacuna. El comité de bioética que organizó este proceso fijó la vacunación según los criterios de igualdad, equidad y vulnerabilidad de la población española, adjetivos que sirven para organizar nuestra vida civil tanto en momentos de serenidad como de tensión, de salud o de enfermedad. La solidaridad la llevamos de serie, y sale con naturalidad, como avergonzada, abriéndose paso ante el comportamiento de algunos egoístas insolidarios que nunca nos apartarán las piedras del camino.

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