07 abril 2020
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La respuesta

25 mar 2020 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

Millones de anotaciones interrumpidas en nuestros calendarios. Horarios, planillas, agendas, alarmas cruzadas, se han convertido en fósiles de nuestras vidas antes de cumplirse, de nacer. Círculos rojos congelados sobre nuestros días de este marzo, de este abril..., palabras de nuestro universo íntimo o profesional de las que no quedará ni eco ni reseña: te espero, aeropuerto, cumpleaños, madre, hijos, vuelves, clase, reunión, almuerzo, congreso, llego... todo se muestra inútil y lejano. Lo no hecho golpea este tiempo detenido, confinado entre la lucha incansable contra cada segundo en los espacios públicos y la cadencia falsa, impuesta, invasora, en nuestros pequeños espacios domésticos.

El tiempo se ha convertido en una sensación infinita, indiferente e inabarcable, para quienes esperan en sus casas, y en un desafío a la enfermedad y a la esperanza en cada turno de trabajo de quienes no descansan para curarnos, para informarnos, para vigilarnos, para despedirnos en soledad.

Y nuestro espacio, sin embargo, está perfectamente definido, acotado, en pisos, adosados, residencias, apartamentos, mientras la idea de casa impone nuevos conceptos en cada uno de nosotros. Nos atenaza y nos conforta, nos abraza y nos esquiva; nos lanza a su interior protector en busca de respuestas. Es reflexión, ansiedad, campo de pruebas y campo de batalla. Es el escenario donde cerramos los ojos incrédulos, donde las lágrimas se desatan y donde descubrimos que, al abandonar sus paredes, nada será igual.

Nuestras casas estiran sus recursos, aúnan individualidades, arropan y descarnan soledades, acallan necesidades y recogen asociaciones nuevas, de familias reunidas que no recordaban convivir o de personas compartiendo circunstancias sobrevenidas de repente. En ese espacio y en este tiempo, negro e impensable, nos golpean las cifras y los nombres que llevan cosidos con hilo invisible. En ellos van nuestros afectos ahora reprimidos, nuestras vivencias, nuestros recuerdos compartidos, nuestra solidaridad de sociedad en vigilia y retaguardia. Incluso el recuerdo de nuestra felicidad despreocupada y altiva. Vivimos el deterioro interno de nuestro alejamiento, sin besos, sin abrazos, mientras despedimos a nuestros padres y madres en el desolador y profundo anonimato que impone la situación.

Hemos parado en seco nuestra existencia, forzados, perplejos. Una bofetada gigante nos ha despertado de nuestra soberbia. Nos ha confinado al rincón de pensar, castigados a no poder tocarnos, a no expresar lo que sentimos en la corta distancia humana, a conseguir ser más listos que un virus que nos está matando. Y abrimos cada tarde nuestros balcones y ventanas para sentir otras voces, otra fuerza, la admiración aclamada a quien lucha contra la enfermedad desde los recursos públicos y la solidaridad privada; y sobre todo miramos a nuestras calles y jardines para intentar redescubrir la vida, el equilibrio que nos da cobijo, que hace décadas enterró la rapidez de nuestro tiempo; ayer, vestida de falsa prosperidad y hoy, de desesperanza vengadora. Creo en nosotros, todos, juntos.