24 mayo 2022
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La quimera de la reinserción

01 nov 2021 / 03:00 H.

    Dos condenas por asesinato y agresiones sexuales. 23 años en la cárcel que parece ser no han servido para absolutamente nada. Después de 18 meses en libertad condicional, Francisco Javier Almeida volvió a actuar de la forma más cruel y sádica. Acabando con la vida de un niño de 9 años en la localidad riojana de Lardero. Ni el más progre de los progres. Ni el más buenista entre los buenistas puede defender que este excremento humano está capacitado para vivir en sociedad. La reinserción de determinados individuos es una quimera. Una fábula que nos hemos inventado para engañarnos y creer que el ser humano puede reconducirse cuando su mente está absolutamente podrida.

    Estoy de acuerdo con el profesor Eduardo Fabián Caparros que, la pasada semana en estas mismas páginas, aseguraba que muchos piensan equivocadamente que unas leyes rigurosas y contundentes solucionan todos los males de una sociedad. Ahí tenemos el ejemplo de los estados norteamericanos donde está en vigor la pena de muerte. Ese castigo tan severo no impide que siga habiendo pederastas, asesinos y violadores. Un criminal de este calado no piensa en que puede acabar sentado en la silla eléctrica o ser inoculado con la inyección letal. Son depredadores que solo quieren saciar sus ansias violando, matando o abusando de menores.

    Aunque el endurecimiento del Código Penal no es la panacea, no cabe duda de que herramientas como la prisión permanente revisable ayudan a frenar la inevitable salida a la calle de este tipo de individuos. Curiosamente, estos convictos suelen tener un comportamiento modélico en prisión. Consiguen expedientes intachables y obtienen antes que, por ejemplo, un toxicómano o un ladrón de poca monta, beneficios penitenciarios. A todas luces puede parecer que se han reinsertado en la sociedad. Sin embargo, cuando ponen un pie en la calle vuelven a las andadas. Nos olvidamos de que queda mucho trabajo por hacer a partir de ese momento. En algunos casos donde sí es posible esa recuperación, faltan herramientas que intervengan en la educación social post penitenciaria. Que se realice un seguimiento estrecho para evitar que se sientan desplazados en un mundo que parece ajeno a ellos, algo que provocaría su inevitable regreso a la criminalidad.

    Sin embargo, existen determinados delitos que no se cometen si antes no existe una perturbación mental que puede no ser detectada por los profesionales. Matar a un niño por el simple hecho de matar. Asestar 17 puñaladas a una mujer que no conocía de nada. Son comportamientos que se alejan de cualquier síntoma de normalidad. En un país donde llevamos a prisión a un buen hombre que mató legítimamente a la escoria que había asaltado su vivienda, no nos podemos permitir el lujo de ser condescendientes con aquellos que gozan practicando el mal. Asumamos que determinados individuos no pueden pisar jamás la calle porque suponen un peligro público. Y si han cumplido sus condenas y no existen herramientas jurídicas para que continúen entre rejas, no queda más remedio que articular mecanismos para que estén controlados las 24 horas del día. Igual que un maltratador tiene que llevar una pulsera, con estos criminales no debería ser diferente. La libertad vigilada que se introdujo en una de las reformas del Código Penal tiene que aplicarse al estilo anglosajón con un marcaje continuo. Puede haber lagunas, porque si Francisco Javier Almeida baja al parque situado enfrente de su casa y se lleva a un niño en cuestión de minutos, es complicado actuar. Pero antes habrá que evitar que un personaje con esos antecedentes resida cerca de un colegio y de unos toboganes.

    Es momento de quitarnos los complejos. Asumir que la condición humana es a veces más cruel que la de cualquier animal salvaje. Apartar a estos individuos, aunque para ello haya que reformar la Constitución.

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