14 julio 2020
  • Hola

La quietud

01 jul 2020 / 03:00 H.

    Cuando en nuestras casas de los años sesenta se decía papá está trabajando, automáticamente se desplegaba una campana de protección invisible que todos los miembros de la casa debían preservar, no tocar, especialmente si tenías menos de 10 años. Fuera la que fuera la dedicación del pater familias, su actividad era siempre muy valorada por el resto de los miembros porque pronto intuimos que de esa labor y de su capacidad y competencia provenía nuestra subsistencia y bienestar. Sometido a un horario, a unas claves desconocidas para nosotros que lo llevaban más o menos lejos de casa, la vida doméstica continuaba protegida y nosotros corríamos al colegio de la mano de una mano siempre femenina. En nuestra casa familiar todo el espacio era laboral porque mi padre tenía su negocio textil en lo que se llamaba una casa-obrador, construida por otra familia parecida a la nuestra pero del siglo XVIII. Vivíamos en el último piso. Y la casa y el edificio eran prolongación de uno y otro, un espacio común donde todo estaba. Como el preludio de un actual cohousing-coworking productivo, pero unifamiliar y sesentero.

    En nuestras casas nunca se decía mamá está trabajando. Y, cuando era evidente, cada uno pensaba lo que podía. Porque la obligación del trabajo doméstico, del que permanecimos alejados todo el tiempo que nos fue posible, era algo tan cercano y en lo que nosotros incordiábamos a placer, que aquello no debía de ser ni trabajo ni nada. Cuando crecimos mi madre trabajó fuera de casa y conoció la independencia, el reconocimiento y pudo mirar frente a frente a quien era el titular principal de nuestro modo de vida.

    Con esta imagen salimos nosotras a buscar nuestro sitio vital, profesional, lejos de todas nuestras referencias. No concebíamos trabajar en casa. En los ochenta todo lo interesante estaba fuera de ellas y, a ser posible, lejos.

    Estoy atenta al anteproyecto de ley para regular el trabajo a distancia que ordenará el gran cambio de modelo laboral que ha acelerado el confinamiento, con teletrabajo, trabajo a distancia, presencial, con movilidad interrumpida, y cada vez menos contacto entre los grupos humanos. Más solos, menos gregarios, menos empáticos, menos capaces de transmitir entusiasmo o recibirlo. Y la imposibilidad de entendernos con las miradas cercanas, con los gestos y voces conocidos. Más aislados, solos ante la pantalla, con la cocina sustituyendo a la plaza pública. No creo que me guste como ingrediente principal del menú laboral diario, aunque valoro su introducción en la carta de platos. Nuestros grupos humanos serán un recuerdo

    Primero, tendrá que volver el trabajo, y parece que no con la rapidez con la que desapareció; y que le devolvamos un status donde los niños que han teletrabajado con los padres no piensen que el smartworking, el trabajo a todas horas, es genial. Es tan sencillo... y estamos tan a gusto. Como nuestras madres, que aquello que hacían no se llamaba trabajar.