15 agosto 2020
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La Prosperidad

24 feb 2020 / 03:00 H.

La inauguración, hace pocas semanas, de una residencia de ancianos en el edificio de “Ladrillo a Ladrillo” que durante décadas albergó un colegio para niños, en lo alto del barrio de la Prosperidad, ilustra de forma elocuente -y un tanto melancólica para quienes nacimos y vivimos allí- algunos de los procesos de transformación experimentados por nuestra ciudad en las últimas décadas. Entre ellos en lugar privilegiado, por supuesto, el del envejecimiento de su población.

La historia de la construcción de aquel edificio del Milagro de San José es bien conocida por los salmantinos. Se trató de una iniciativa personal del padre Enrique Basabe, quien en 1952 puso el proyecto “bajo la protección de San José” a la espera de que este obrara el “milagro” de que las pequeñas aportaciones de muchos compensaran la ausencia de recursos para llevar a cabo las obras. Los jesuitas contaban con amplios terrenos en la zona desde los años veinte, alrededor de “La Casona” del Paseo de San Antonio y decidieron entonces implicarse en el crecimiento de un barrio, situado desde la zona de Cuatro Caminos y hasta el río, en el que se asentaban oleadas de emigración de nuestros pueblos en búsqueda de unas oportunidades y una “prosperidad” de la que carecían en sus lugares de procedencia. Una parte importante de aquellos emigrantes llegó de la Sierra de Francia y adquirió los terrenos de antiguas huertas para construir por su cuenta sus propias casas, de planta baja, muy pequeñas en su mayoría, muchas de ellas con patio y corral, como trasladando a la ciudad los modos de vida de sus pueblos. Encontraron entonces trabajo en las pequeñas industrias asentadas en la zona (la fábrica de fertilizantes de Mirat, la fábrica de zapatillas del Puente Ladrillo), en la construcción (en plena expansión en una ciudad que no paraba de crecer) o en pequeños talleres o comercios que a menudo montaban en sus propios hogares. Y sufrieron durante décadas, como es lógico suponer, unas condiciones urbanísticas muy deficientes, en agua, luz y alcantarillado.

Aquel barrio compuesto por pequeñas viviendas de una planta y calles estrechas y sin asfaltar seguía intacto al final del franquismo. Y fueron los primeros ayuntamientos democráticos los que plantearon su transformación. Primero, sin éxito, con un gran plan urbanístico que preveía la demolición de todas aquellas casas y la construcción de un barrio de nueva planta. A continuación, con otro plan, el que finalmente se llevó a cabo, que implicó la progresiva sustitución de las viejas viviendas de planta baja por nuevos bloques de varios pisos y sin más modificaciones sustanciales en el plano que la desaparición de la hilera de edificios que daban a las calles Villaviciosa y La Unión, donde apareció el algo pomposamente llamado bulevar de la Milagrosa. Aquellos planes, ejecutados durante los años ochenta y primeros noventa, implicaron además la aparición de nuevas manzanas, en escombreras o zonas dedicadas todavía a la explotación agraria, en la zona del camino de las Aguas más cercana al río.

Del barrio fueron desapareciendo algunos de los elementos que lo habían singularizado durante décadas: el depósito de Aguas, el Hospicio, también -por fortuna- la contaminación producida por la fábrica de Mirat. Más adelante, a comienzos de nuestro siglo, La Prosperidad adquirió una bonita fachada hacia el río, cuando la vieja cárcel provincial en cuyo entorno habían jugado los niños de la zona se convirtió en un centro de arte (el DA2), se construyó un gran edificio para usos culturales (el CAEM) y se trasladó a la zona el cuartel de la Policía Municipal. También entonces se produjo un rejuvenecimiento del barrio, así como una cierta transformación de la extracción social de sus habitantes, en algunos casos procedentes de estratos sociales más acomodados de los que habían sido característicos hasta entonces.

La iniciativa del Padre Basabe, el “Milagro de San José (Ladrillo a Ladrillo)”, fue un gran éxito en aquella Salamanca todavía de posguerra. Junto a la iglesia inaugurada en 1957, el edificio acogió un colegio de educación primaria y un centro filial del Instituto masculino, el Fray Luis de León, donde estudiaron miles de niños del barrio. Aquellas instalaciones cerraron en 2008 y el colegio se trasladó a unos metros del anterior, en la calle Vergara, donde previamente se había instalado y clausurado más tarde una residencia para estudiantes de secundaria procedentes del medio rural (el “Colegio Menor Javier”), el cual se benefició durante años de una demanda que andando el tiempo también había desaparecido. Ahora, en 2020, la puesta en marcha de esta residencia para personas mayores en el mismo espacio que ocupó un colegio viene a ponernos de manifiesto, metafóricamente, lo mucho que los tiempos han cambiado. Para bien en unos casos y no tan para bien en otros.