19 junio 2019
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La plenitud

27 mar 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

Cuando llegó a su nueva casa tenía una asistenta, un hijo, una cuidadora, un jardinero, un marido y, muy cerca, los cuarenta. Sabía muy bien qué era su vida, que va y viene y que no se detiene, amor, que cantaba entonces Alejandro. Y llegaron dos nuevos hijos a su mundo feliz; y el tiempo, simplemente, pasó, dejando que escribiera su vida entusiasta y afanosamente. Era su plenitud.

Pero el viento emponzoñado empezó a soplar, a soplar, a soplar... y la casa a derribar, que contaba el cuento. Y el viento adoptó muchas formas. De crisis asoladora, de paro laboral, de insatisfacción continuada, de silencio impenetrable, mientras sus hijos eran casi jóvenes y sus padres envejecían y apretaban más en torno a ella el corsé invisible de su dependencia. Falló el trabajo y apareció la desfelicidad, que es el destejer lentamente la urdimbre del finísimo tejido imperceptible que todo sostenía. En el desconcierto, nuevos personajes se acercaron con cantos de sirena de los que no supo defenderse. Falsas ninfas, ajadas y perversas, faunos oportunistas; amigos de toda la vida transformados en ogros voraces que convirtieron el río luminoso en una ciénaga burbujeante y morada eterna, mil veces imaginada, del jefe que la despidió cuando volvió de vencer la enfermedad que quiso arrasarla.

Apareció entonces la palabra reinventarse y fue el flotador de ella y de muchas de sus amigas aquejadas del mismo mal: querer llegar más allá de los cincuenta con algo parecido a una vida, no a una derrota provocada por la crisis. Ya habían cerrado sus negocios, liquidado sus planes de pensiones, vendido sus muebles, su ropa, las joyas familiares, y sus jardines —fuente de tantas alegrías, de tantas voces, de eternas noches inolvidables— ahora descuidados, se volvieron invisibles. Como ellas.

Desde sus casas, cada vez más vacías, trabajaron de casi todo. De la artesanía al e-marketing o al catering casero; vendieron cremas, ropa, casas, seguros; escribieron reportajes eternos a treinta euros, dieron clases particulares, se hicieron personal coach, personal shopper, profesoras de pilates, alimento exquisito de mercados vintage y se convirtieron en una fuerza de choque imprescindible a la que se aferraron hijos, padres, parejas.

Mujeres cincuentañeras retiradas del mundo laboral en la plenitud de su bagaje intelectual y conocimiento humano. Os recuerdo hoy, más recompuestas, y siento la euforia del reconocimiento desde lo más profundo de mi ser, donde os guardo, amigas, compañeras y colegas inquebrantables. Princesas tan poderosas que los dragones bajan la cabeza a su paso, hadas madrinas de mil cuentos, que olvidan la dureza de sus grandes batallas perdidas y claman por la justicia pequeña de las pequeñas cosas, como Ángeles González-Sinde en La suerte dormida. La que impide que nuestro mundo diario sea arrasado por lo que es más grande que nosotros, que es casi todo. Érase una vez... ¿y qué se era?