24 agosto 2019
  • Hola

La impostura

14 ago 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

Me deja tocada el concepto de deepfakes, con un sentimiento de perplejidad; ya saben, de confusión y de duda sobre qué hacer, qué pensar al respecto. Por lo visto en este estado tecnológico se puede engañar sobre todo. Y no sé de qué me extraño, si ha pasado desde el principio de los tiempos. Gran parte de nuestro conocimiento viene de discriminar lo verdadero de lo falso, y de una operación combinada y de alta evolución consistente en detectar qué hay de veraz en lo falso y de engaño en lo veraz. Para ajustar estas estimaciones hemos superpuesto capas y capas de experiencia, de cálculos, de acierto-error, de horas en vela, de pensamiento, de contemplación, útiles hasta... un pasado no muy lejano y casi a extinguir en nuestro presente.

Fruto de nuestra inteligencia hemos construido una artificial, como una extensión perversa de lo que no nos atrevemos a hacer con la propia. Como cuando mandábamos al hermano pequeño a llamar a los timbres de los porteros automáticos mientras nosotros esperábamos detrás de un coche, seguros y maliciosos, los efectos.

La impostura es el concepto definitorio de nuestra época, quizá del siglo. Todo hecho para que parezca que. Y ya no son las mentirijillas privadas sobre la edad tuneada a capricho o las veces que hemos viajado a Nueva York -no recuerdo si una o ninguna- es su organización masiva, interesada, despiadada, para influir en nuestro pensamiento y nuestras acciones. Nos pone en alerta el celebérrimo Instituto Tecnológico de Massachusets porque las élites empiezan a preocuparse por los deepfakes, los vídeos e imágenes manipuladas con el uso de la inteligencia artificial que nos hace dudar, atacan su reputación y las campañas electorales.

Ya nos hace menos gracia la orquesta de duendes navideños con nuestras caras, los espejuelos con los que nos conquistaron. Tras la fascinación nos aguardaba, escondido también, lo incontrolable. El Congreso de Estados Unidos trabaja en un proyecto de ley para su regulación, castigo y, sobre todo, identificación. Sobrevuela la idea de que la manipulación audiovisual es inaceptable, por otro lado algo intrínseco al proceso audiovisual. Empresas y universidades trabajan en crear un vídeo completo a partir de una sola foto y en editar lo que quieren que diga una persona.

Y mientras estoy con lo futurible, otro golpe de actualidad me perturba. Esta vez producto de la inteligencia autóctona y desvergonzada. Una campaña de publicidad pública asocia la idea de la violencia machista a fotografías de mujeres que, por sus sonrisas, parecen ajenas a esa circunstancia. En este caso hacen más daño las palabras que las imágenes advirtiéndonos de que las mujeres que vemos han sido víctimas reales de maltrato. Mentiras otra vez. ¡Pobre sociedad que no puede confiar ni en lo que ve ni en lo que escucha! Por cierto, el juego clásico de molestar con los timbres se llama ahora mano negra.