08 marzo 2021
  • Hola

La evidencia

    De la hazaña marciana me quedo con una información olvidada. Marte fue un planeta azul, de un modelo cósmico como el nuestro en el que parecía despertar algo de vida. En algún momento se jugó su atmósfera al póker estelar y la perdió. Y se convirtió en el desierto rojo que vemos en las fotografías que nos dejaron misiones anteriores. No sé por qué pero tengo la sensación de que esta vez no estamos tan impactados por el hecho. Quizá porque no pisamos los bares, ni tenemos compañeros o vecinos en la cercanía que propicia la charla; hablamos enmascarados y pensamos con sordina, sin dejar que nuestras palabras y mucho menos nuestros pensamientos trasciendan más allá de nuestro espacio de protección sanitaria obligatoria.

    Cuando el vehículo Perseverance llegó a su destino en el día y lugar fijados, no se interrumpió la sobremesa en la comida de mi casa, con sus miembros normalmente atentos, hábil y simultáneamente, tanto a todos los informativos posibles como a los avatares de las vivencias diarias. La conversación doméstica seguía su curso inexorable bajo la luz invernal, mientras los equipos globales de científicos celebraban con aplausos el éxito de su saber, su tecnología y sus inversiones. Apenas miradas hacia la televisión que reina, prácticamente desde el exilio, en la cocina; entre periodistas en directo, se abría camino lo que parecía un frágil ingenio hollywoodense. Ni siquiera Marte era tan rojo como en las fotos.

    Y es que hasta para convertirse en acontecimiento, es decir, en trascendencia comunitaria, sentida y compartida más allá de la información objetiva, histórica, económica o científica que lleve implícita el desafío, hay que ser oportuno. Es el espacio en este momento una sima ajena que nos separa en exceso de la realidad, que la gran tirita que es su Vía Láctea no es suficientemente grande para tapar las heridas que tenemos acumuladas, provocadas por la enfermedad y sus consecuencias en nuestra cotidianeidad contrariada, maltrecha, machacante. Cuando los modos de vida y sustento de la gran parte de la humanidad están en juego, las conexiones con otros mundos no nos tranquilizan, ni nos estimulan, porque los problemas terrestres requieren de toda la cercanía para salvar tanto las vidas como el trabajo y las esperanzas. Simplemente lo escuchamos de fondo, como un acompañamiento más de este escenario insólito. Dominamos velocidades y distancias supersónicas, pero sucumbimos a un invisible coronavirus. Además, mientras flirteamos con mundos lejanos, buscando nuevas conquistas y emociones, aumenta nuestro desapego al que nos da cobijo, oxígeno, sustento y recursos.

    Estamos tan fríos que hace unas horas la NASA ha difundido el vídeo del aterrizaje con unos detalles de edición que lo hacen más vistoso. Prefiero la llegada a la luna y su recuerdo, cuando la infancia era un estado de sorpresas inagotables y las familias creímos asistir a un momento único y excepcional.

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