07 agosto 2020
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La enfermedad y el miedo

09 mar 2020 / 03:00 H.

La actual expansión epidémica del coronavirus y las reacciones sociales que está suscitando nos invitan a poner la atención en los múltiples precedentes históricos en los que se ha registrado esta misma cadena de enfermedad y miedo que ahora parece atenazarnos. En realidad, podría decirse que estamos ante una constante en la historia humana, aunque se adapte en cada caso a las características de los tiempos.

Resulta inevitable evocar en primer lugar la terrible Peste Negra (o “peste bubónica” por los “bubones” o ampollas negruzcas que aparecían bajo la piel de los infectados) que, a mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1353, sacudió los cimientos del Viejo Mundo, dando paso a un periodo de transición entre la época medieval y la moderna que condujo al Renacimiento. Esta epidemia, un tipo de neumonía muy contagiosa con origen en la picadura de las pulgas de las ratas, dejó un rastro inaudito de muerte, desde Asia, donde había nacido, probablemente en las estribaciones del Himalaya, hasta su difusión a través de las principales vías comerciales por el cercano Oriente, el norte de África y Europa. En nuestro continente, en torno a 48 millones de personas, lo que suponía más de un tercio de la población europea, habrían muerto por su causa, directa o indirectamente. Pero los efectos de la peste no se detuvieron ahí, en el plano material, sino que alcanzaron de lleno al plano moral. Quienes vimos alguna vez la película no olvidaremos nunca aquellas procesiones espectrales imaginadas por Ingmar Bergman en “El séptimo sello”, expresión de una vivencia sentida por las gentes como apocalíptica, con origen en la voluntad de Dios de castigar a los hombres por sus pecados. E imposible no evocar también aquellas palabras terribles de Giovanni Boccaccio en el Prefacio del Decamerón, cuando lamentaba cómo en la Florencia asolada por la Peste Negra “un ciudadano esquivase al otro y casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, que el padre y la madre huían de los hijos tocados de aquella dolencia”.

Sobre el papel esencial que el miedo ejerció en las sociedades del Antiguo Régimen, así como sobre su instrumentalización política, existe un libro ya convertido en clásico, de Jean Delumeau, publicado en 1978 pero reeditado, no por casualidad, poco después de los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York, otro momento de gran terror colectivo. El libro se refiere a una época anterior a la revolución pasteuriana de finales del XIX, que fue la que permitió comprender la naturaleza real de las enfermedades infecciosas e hizo posible remediarlas. Hasta entonces, la lucha contra las infecciones había sido una especie de combate a ciegas contra un mal desconocido, caldo de cultivo ideal para el pánico, el rumor y la superstición, así como para la búsqueda desesperada de culpables, que unas veces fueron los pobres y mendigos, otras los judíos y, casi siempre, los extranjeros.

Sin embargo, no solo el siglo XX (recuérdese la “gripe española” de 1918, en plena Guerra Mundial, que causó treinta millones de muertos en Europa, quizá cincuenta en todo el mundo), sino también estas primeras décadas del siglo XXI han contemplado el retorno periódico de pandemias que han hecho estragos en diferentes partes del planeta, sobre todo en aquellas cuyas estructuras sanitarias son más deficientes, al calor de la rapidez de las comunicaciones y de la intensidad de los intercambios humanos propia de nuestros días: el SIDA, la gripe aviar, el SARS (siglas en inglés del Síndrome Respiratorio Agudo Grave), el Ébola... Todas estas enfermedades son hoy abordables con éxito desde una perspectiva médica, aunque también en todos los casos, sobre todo al principio, se ha seguido produciendo una asociación entre epidemia y psicosis colectiva que parece formar parte de la naturaleza misma del ser humano, aunque adopte ahora nuevas formas, ligadas a la inmediatez de la transferencia de imágenes y al mal uso de la información en las redes sociales.

Ojalá que esta nueva crisis del coronavirus pase pronto y con los menores efectos materiales y morales. Cabe ser optimistas sobre lo primero, es decir, sobre nuestra capacidad de afrontar con rapidez la enfermedad desde el punto de vista sanitario y aminorar sus daños económicos. No tanto sobre lo segundo, con el miedo erigido otra vez en poderoso agente social.