17 agosto 2022
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La encina de los Arévalos

26 jun 2022 / 03:00 H.

    También llamada de la Marquesa, esta extraordinaria encina hunde sus raíces en el término municipal de Tejeda y Segoyuela. Está catalogada como “Árbol Singular” por la Junta de Castilla y León, que la describe como “especimen vegetal de singular relevancia”. Y tanto, porque su gigantesco tronco cuenta no menos de seiscientos años, según los estudiosos, y a la sombra de su copa casi esférica sustentada sobre cinco gruesas ramas podría sestear un rebaño de mil ovejas.

    Pues bien, la imagen de ese árbol ha sido recreada en La Salina por Florencio Maíllo, quien, seducido por la majestuosidad del imponente Quercus ilex, realizó el impresionante políptico que puede verse bajo las arcadas del patio de la Diputación de Salamanca. La obra se erige como pieza central de la exposición “Poéticas de Salamanca 2022, Mar de encinas”, que se complementa con el homenaje al músico Martín Sánchez Allú, cuyo retrato se debe, asimismo, al pincel de Maíllo.

    La representación del artista en sus trece paneles verticales nos lleva a contemplar mucho más que un árbol, por gigantesco que sea. Es bien sabido que la encina es el árbol emblemático del paisaje adehesado de esta provincia. Es realidad y es imagen, porque la dehesa constituye todo un símbolo que en el imaginario colectivo se asocia a dos figuras representativas: la encina y el toro. Ambas siluetas realzan su física presencia en ese inmenso tapiz a cielo abierto, en esa enorme amplitud de cautivadora belleza, en ese inabarcable mapa cuyos contornos enmarcan una parte muy especial de la provincia de Salamanca. La dehesa es un ecosistema único, perfectamente definido, transmitido de generación en generación gracias al trabajo de esforzados ganaderos y agricultores, auténticos custodios de un legado ancestral, depositarios de sabiduría y de un patrimonio natural nunca suficientemente conocido, cuando no escasamente valorado.

    En el escenario del campo de encinas bullen las charcas, arroyos y riachuelos en primavera cuando explotan los colores y muda el verdor de la pradera; aquí se enciende el horizonte al ponerse el sol en los agostados veranos; sobre este paisaje bailan las nubes al compás de los vientos y brumas otoñales; aquí, en fin, duerme el encinar apenas arrullado por los aires del invierno, cuando predomina la pátina de blancura de la fría escarcha; aquí se escuchan zumbos, cencerros y esquilas, mugidos, balidos y ladridos lejanos en medio del silencio de la arboleda desnuda, mientras encinas y alcornoques exhiben orgullosos su verdinegro y perenne ropaje.

    El Observatorio de la Dehesa, instituido por la Universidad de Salamanca y la Diputación Provincial, cuenta con un soporte artístico que nos transporta a “este mar de encinas” donde “los siglos resbalaron con sosiego”, como recuerda el poema de Unamuno.

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