17 septiembre 2019
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Joan Margarit, poeta

12 may 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

Los libros de poesía no acaban con el hambre. Ni siquiera con la de quienes los escriben, dada la escasa venta que, en general, tienen en los mercados del ramo. A este respecto, me viene a la memoria la sentencia de un poeta andaluz a quien en Sevilla le oí decir: “En este país a los poetas cuando somos jóvenes nos matan de hambre y de viejos nos matan a cenas”. Ciertamente, hay que nutrir tanto el cuerpo como el espíritu. Pero los poetas de verdad nunca se mueven por afanes mercantilistas. No son lo que podríamos denominar “eruditos a la violeta”, por tomar prestada la expresión de José Cadalso, quien en un libro de 1772 satirizaba la erudición excesiva y superficial, la prosa huera y pretenciosa. La poesía puede ayudarnos a aclarar y ennoblecer aquellas emociones del espíritu que sin ella serían negras como la noche. Nos enseña a no fiarnos tanto de la apariencia como de la esencia; hace que vibren los corazones y seamos mejores en nuestras relaciones cotidianas.

A todo ello contribuye la obra del último galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Joan Margarit. para quien la poesía viene a ser un permanente imperativo moral, un modo de salvar a la humanidad del engaño, una manera de liberarnos de la barbarie. Margarit, poeta en castellano y catalán, no solo traduce sus poemas de una lengua a la otra, sino que crea belleza en ambos idiomas de manera simultánea. El poema cobra forma desde su propia naturaleza bilingüe, porque bicultural fue la formación del autor, aunque en los duros años de la posguerra le tocara transitar a contrapelo por los áridos senderos del castellano: “Habla en cristiano, chaval”, le apercibió un celoso agente de la autoridad al tiempo que le propinaba un pescozón. Con el discurrir del tiempo, agradecería haber tenido dos patrias lingüísticas, dos lenguas que unen y no que separan.

Margarit ejemplifica lo que debe ser un poeta en el mundo actual. Coincide plenamente con lo que propugnaba Wordsworth en el Prefacio de la tercera edición de sus “Baladas Líricas” en 1802: el poeta es un hombre que habla a los hombres, que tiene mayor entusiasmo y ternura, que posee un mayor conocimiento de la naturaleza humana y que, además, dotado de una sensibilidad más aguda, posee un alma más comprensiva que la del resto de los mortales. En el caso de Margarit no es ajena su formación como arquitecto, otra forma de hacer arte, a fin de cuentas.

El mundo necesita hoy de gentes que garanticen una larga vida a la poesía a través de su propia existencia y de la de sus obras, porque ellas serán la prueba de que la poesía es imperecedera. El recorrido vital de quienes la escriben es garantía de su pervivencia: la de la poesía y la de ellos mismos. Somos afortunados al contar con poetas como Joan Margarit.