12 noviembre 2019
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Igea y Tudanca o el amor a primera vista

11 jun 2019 / 03:00 H.

El folletín de los pactos no me gusta nada. Llevamos prácticamente nueve meses -un largo parto- en campaña y ahora nos tiraremos otros cuantos más con los pactos postelectorales. Un año casi de intrigas y el ciudadano (con minúscula) sin saber dónde acabará su voto con el tejemaneje de los partidos políticos o el cambalache del cambio de cromos. En definitiva, los mandatos o las legislaturas quedan reducidas a la mínima expresión y lo que votamos al final sirve para poco.

Cada vez se hace más necesario el cambio de la Ley Electoral. La entrada en escena de nuevos partidos políticos que tienen la llave de la gobernabilidad lo ha puesto de manifiesto con mayor notoriedad, pero en realidad hubiera sido necesario para que el Gobierno de España no hubiese dependido nunca, nunca de los partidos nacionalistas e independentistas que han estado sometiendo y doblegando al Estado por sus ansias infinitas, su insatisfacción permanente y sus continuas y constantes amenazas y coacciones en detrimento del resto de los españoles que viven en otras comunidades autónomas. ¡Y encima tenemos que escuchar el España nos roba!

La reforma electoral no ha sido posible. El PP promovió en varias ocasiones, sin ningún éxito por cierto, un acuerdo nacional para que gobernara el partido más votado en los ayuntamientos. Es verdad que solo afectaba a gobiernos locales, pero moralmente y gracias a que el PSOE no lo aceptó, Pedro Sánchez pudo ser presidente del Gobierno con toda la legitimidad del mundo, pero también con mucha desfachatez por aceptar un acuerdo con los independentistas que habían dado pocos meses antes “un golpe de Estado” en Cataluña, según palabras del fiscal Zaragoza en el juicio del Procés.

Hoy el socialista Tudanca apela con desesperación a su derecho a presidir la Junta de Castilla y León por haber sido el candidato del partido más votado. La legitimidad nadie se la discute, pero es la misma que tuvo su idolatrado líder Pedro Sánchez para desbancar a Rajoy y a su partido -el más votado en 2016-, del Gobierno de España en junio del año pasado cuando prosperó la moción de censura con el apoyo de independentistas, la extrema izquierda y los proetarras.

Tudanca llora en el hombro de Igea, que está como loco por entenderse con el PSOE en contra del criterio de su partido. Se escriben cartas a través de las redes sociales para que la presión sobre Rivera no cese. “Celestinos” de bastante mal gusto para entenderse no le faltan.

Que Igea es un verso suelto de Ciudadanos no es nada nuevo. Quienes mejor lo saben son sus propios compañeros, los de antes de dar el salto a la política y los de ahora. No se ha enterado que su quijotesca hazaña acabó cuando descubrió el pucherazo en las primarias y le dieron la victoria a él. Lo de ahora poco tiene que ver con la justicia, con la regeneración o con la democracia interna, sino más bien todo lo contrario. Dudo mucho de que sea democrático que Igea quiera cargarse a los cabezas de lista de ayuntamientos que llevan más de ocho años en un cargo. Según la Ley, el alcalde es -a no ser que dimita- la persona que encabece la lista que obtenga mayoría absoluta o en su defecto, la que más apoyos consiga o la más votada. ¿Con qué legitimidad le va a decir el líder naranja a los electores que lo que han votado se lo pasa él por el arco del Triunfo?

Sería tanto como suplantar la democracia expresada por los ciudadanos en las urnas. Igea tiene todo el derecho del mundo a cambiar las normas, a promover modificaciones en la Ley Electoral o incluso a echarse en los brazos del PSOE, como parece evidenciar con sus gestos y sus palabras, pero no a decidir por los votantes. Como dijo anoche el alcalde de Pucela en funciones, Óscar Puente, no sé si tiene mucho que ver la regeneración de la Junta con cargarse al candidato del PP a la Alcaldía de Palencia, Alfonso Polanco, al que votaron los palentinos el pasado 26 de mayo, aunque no recibió el suficiente apoyo para no necesitar pactos, vamos si tiramos del refranero sería algo así como: “¿Qué tendrá que ver, señor Igea, el culo con las témporas?”, con perdón de los lectores. Pacte con el PSOE si es lo que quiere, pero no venda milongas.