24 septiembre 2020
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Huele a podrido en Villatinaja

13 ago 2020 / 03:00 H.

    Huele a podrido. Un nauseabundo tufo a cloaca sale de las puertas de la mansión de los marqueses de Galapagar, vigiladas por un escuadrón de guardias civiles que no soportan el hedor ni con mascarillas.

    Tras las tapias del casoplón de seiscientos mil euros, no es barro todo lo que reluce entre los setos de los jardines y la piscina de Villatinaja: son tarjetas manipuladas, dinero negro de extranjera procedencia, sobresueldos en la oscuridad, viejos frascos de jarabe democrático que ahora amargan...

    En medio de la podredumbre, los marqueses de Iglesias y Montero se han sumido en un profundo silencio tuitero. Durante los últimos días, desde que se desató la tormenta judicial, la pareja, siempre charlatana y dicharachera en las redes, ha enmudecido. Ni Pablo ni Irene tienen nada que decir sobre la imputación de Podemos, y de buena parte de su cúpula, por financiación ilegal. ¿Qué diría Chávez, cómo se defendería Maduro, cómo contratacaría el mismísimo Fidel en una situación así? Iglesias y Montero no encuentran respuestas.

    Mientras lo piensan, el vice y la ministra han soltado a Rafael Mayoral para que arremeta contra los jueces por la “utilización política de la causa” y por hacer “cosas extrañas”. Tan extrañas como arrojar luz sobre los chanchullos de su partido.

    Esas luces desvelan una escena rocambolesca: los que venían a traer la regeneración de la vida pública aparecen cubiertos de inmundicia, los que arrojaban siempre la primera piedra son ahora apedreados, quienes exigían con furor la dimisión de todo político investigado miran hacia otro lado cuando se trata de sus colegas y más estrechos colaboradores.

    Así se demuestra que Podemos venía para cambiar la forma de hacer política en España y lo ha conseguido. Para peor, sin duda. Sus dirigentes no son iguales que los de nuestros partidos tradicionales, son más dañinos, más sibilinos, más indecentes.

    Ni siquiera disfrutan de las ventajas de la presunción de inocencia, porque ellos mismos se han empeñado en negarla al Rey emérito, al Partido Popular, a Mariano Rajoy, a Felipe González y a todos sus contrincantes institucionales y políticos. Para Iglesias y sus palmeros la presunción de culpabilidad rige para todo el mundo, menos para los golpistas condenados, Junqueras y compañía, a los que perdonan solo por ser sus socios del alma en el empeño por destruir España. No podemos negarles a los dirigentes de Unidas Podemos el derecho a ser considerados culpables antes de ser condenados. Igualmente, sería injusto tenerles compasión cuando son escrachados después de defender y liderar los escraches y de recetar jarabe democrático para los altos cargos de otros partidos.

    Iglesias, el profesor de Ciencias Políticas y gran estratega, ha cometido un error infantil, de primero de carrera. Ha incumplido una ley que dice “nunca maltrates al contable”. Al tipo que maneja los asuntos internos, el dinero, los contratos y los temas legales, no le puedes despedir con cajas destempladas y mucho menos mandarlo a la calle con una falsa acusación de acoso. El líder supremo de Podemos lo sabía, pero fue más fuerte la soberbia del poder, el considerarse intocable como ministro, vicepresidente del Gobierno de España e infiltrado en el órgano nacional de espionaje (CESID). Una vez que has asaltado el cielo te crees dios... y piensas que nadie te puede tocar. Pero una de las máximas de esas series de cine negro que tanto le gustan al Coletas recomienda precisamente eso: nunca dispares a tu abogado.

    Por otro lado, la extorsión, la mentira, la voracidad, la avaricia, la estafa, el fraude y la falsificación forman parte del manual del buen comunista, así que nadie le va a reprochar a Iglesias que haya utilizado todas las técnicas consolidadas por el populismo de signo bolivariano para acabar con la disidencia interna, atacar a los poderes del Estado, llenar las arcas del partido y repartir prebendas a sus camaradas. Lo contrario hubiera sino una traición a los ideales de la formación morada.

    Solo un miembro de la “gauche divine” española, de esa izquierda investida de superioridad moral, puede aguantar semejante escándalo, aunque sea escondido en la mansión de la sierra. El PP se desgañita pidiendo su dimisión o su cese, pero no habrá tal. Pedro Sánchez está encantado de ver cómo sus socios se hunden en la miseria. Así nadie le hará sombra y podrá seguir gozando a placer de los honores del Falcon y el colchón monclovita. Alguno se preguntará qué más tendrá que ocurrir para que fulmine a Iglesias. La respuesta es muy sencilla: no lo destituirá mientras le sirva para mantenerse en el poder. De momento, sigue.

    La dimisión es imposible: la pareja de Galapagar no pude permitirse el lujo de volver a la miseria de la militancia de base. Su tren de vida y la hipoteca del casoplón les impiden ser consecuentes con sus teorías, aquello que decía El Coletas de que en casos de corrupción “no se pide perdón, se dimite”. Pues venga, ya estáis tardando, están pensando muchos militantes de UP. Mientras tanto, en el lujoso ‘living’ de Villatinaja los marqueses de Galapagar escuchan el amenazante sonido del carillón: tic, tac, tic, tac...