15 abril 2021
  • Hola

Guerra

01 mar 2021 / 03:00 H.

    Seguramente pequé de ingenua. Recuerdo haber pensado en algún momento que, si en el futuro hubiese otra guerra, no iría nadie. Sinceramente creí que, si alguien lo suficientemente obtuso volviese a declarar una guerra, quedaría desierta. Supuse que el siglo XX, con sus dos guerras mundiales de diez y sesenta millones de muertos respectivamente, y con una Guerra Civil, cuyas heridas muchos no saben todavía hoy en día cómo gestionar, nuestra civilización europea había llegado a un punto de inflexión y había entendido finalmente que en la guerra pierden todos y que hay mucho más que ganar con la razón, con las palabras y los argumentos. Di por hecho que la furia y la agresión habían sido desterradas definitivamente de nuestra caja de herramientas por su inoperancia respecto al objetivo de convivir. Di por sentado que la violencia pertenecía a un pasado atrasado y tosco, uno de esos capítulos de los libros de historia tan lejanos e incompatibles con los parámetros éticos actuales, como la servidumbre feudal o la ley sálica. Pero me equivoqué. Después de contemplar, anonadada, la violencia desatada en Barcelona, he despertado a una lamentable realidad en la que hay muchos todavía dispuestos a ir a la guerra. La guerra es precisamente eso, el intento de cambiar el stau quo por el uso de la fuerza.

    Noche tras noche, los atropellos cometidos contra la paz nos van instalando en un estado de violencia en el que nuestras instituciones languidecen, indefensas, y nuestra sensibilidad se va embotando. El último intento de quemar un coche de la policía con dos mozos de escuadra dentro me ha sacudido como un latigazo de vergüenza y desesperanza. Evoca un tiempo que creía superado, en el que también se quemaban en las calles europeas vehículos, mobiliarios urbanos, montañas de libros e incluso edificios. Un tiempo en el que los mismos que desfilaban con las antorchas, tal y como adelantó Heinrich Heine, acabaron quemando personas. Seis millones de personas. Un tiempo en el que, como ahora, mientras los incendiarios cometían sus fechorías, el resto adoptaba el papel de espectador y se encogía de hombros. También comenzaron como incidentes aparentemente aislados y tan torpemente argumentados en lo político que muchos pudieron ampararse en la creencia de que no llegarían muy lejos. Pero ese es seguramente el mayor peligro. Lo único que necesita el mal para triunfar es que los justos no hagan nada, ya lo dijo Edmund Burke, y no me explico que no inunden las calles manifestaciones ciudadanas de apoyo a las fuerzas de seguridad, que se las ven cada noche con la turba en batalla campal. Se ha desatado una guerra en Cataluña y la están teniendo que librar unos desvalidos policías cuyos sindicatos gritan en el desierto de las instituciones catalanas. Surge una generación que pasa por alto las lecciones aprendidas durante el siglo XX y dispuesta a imponer por la fuerza sus criterios, mientras el pasmo y el miedo paralizan al resto.

    Sé que muchos piensan que los catalanes han estado mucho tiempo criando cuervos y que esta es la consecuencia lógica que se merecen. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, como pasmarotes, mientras presenciamos cómo les comen los ojos. Nada pueden esperar de sus autoridades. La Consejería de Interior está en manos de Junts, que se desentiende con cinismo, y el presidente en funciones, cuya investidura depende de la CUP, se mantiene en silencio. Tampoco se puede esperar mucho de Madrid, donde el gobierno incluso coquetea con los violentos. El mundo al revés. Pero tened claro que, si no se pone coto a la violencia, más pronto que tarde la tendremos a la puerta. Es tarea de todos levantar la voz contra los violentos y hacer visible la resistencia. Es la sociedad civil la que tiene que reaccionar cuanto antes y, libremente, expresar con la mayor elocuencia posible que hay una mayoría ciudadana en contra de tales profanaciones a nuestro Estado de Derecho. No hacerlo nos puede salir carísimo. “Primero vinieron a por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista”, escribió Martin Niemöller en su célebre poema sobre la indiferencia. “Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío”, seguía la espiral en dirección a quienes permanecieron impasibles. “Luego vinieron a por mí, pero no quedó ya nadie para hablar por mí”.

    Sé que la Plaza Mayor ha sido escenario de una manifestación de protesta contra el encarcelamiento de Pablo Hasél. Y me parece muy bien que esas personas hayan podido expresar libremente su opinión, aunque yo no esté de acuerdo con ellas. Lo que no entiendo es que no hayamos salido todavía los demás a manifestarnos contra los que pretenden imponer su opinión a base de quemar policías.

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