Solo un peón que sonreía
Lo que le pase a Álvaro García Ortiz le importa ya a muy pocos. Se ha abierto otra batalla que no tiene nada que ver con el juicio
Días después de tomar posesión se le preguntó al fiscal general del Estado en estas páginas por el famoso «¿de quién depende la Fiscalía?», aquel ... que lanzó Pedro Sánchez y que cerró con un «pues eso» tras recibir la respuesta que «del Gobierno». Entonces, el salmantino Álvaro García Ortiz respondía en LA GACETA algo tan sensato como que la Fiscalía es una entidad autónoma y que el nombramiento se produce por parte del Ejecutivo, pero no condiciona su acción. Incluso aseguró que el fiscal general no recibe indicaciones por parte del Gobierno.
Ahora, algo más de tres años después de aquello, sale condenado por un delito de revelación de secretos pero, además, del novio de Ayuso, que es, precisamente, la principal enemiga política de Pedro Sánchez. Y todo, porque tenía que ganar la batalla del relato, que no se sabe en qué momento pensó que era esa la misión del fiscal general del Estado. Entró como amigo de Dolores Delgado, pero también como fiscal reconocido, y sale como el más fiel escudero de Sánchez. Y sale como alguien que utilizó su gran poder para ir contra un ciudadano. Y como el que borró WhatsApp después de saber que el Supremo le iba a investigar. Y como el que permitió, al no dimitir, que la Fiscalía fuera en su juicio una defensa más.
Y es triste para él, pero sobre todo para esa institución independiente de la que hablaba, y a la que deja muy tocada. Lo suyo ha sido un proceso judicial insólito en democracia y ha supuesto el primer relevo forzoso por condena judicial de un fiscal general del Estado. Ahora es aprovechado por todos aquellos que no creen en la separación de poderes, les importe o no el caso del fiscal. Ahora empieza ya a ser lo de menos.
Lo que importa ya en este momento es desacreditar al poder judicial y los ataques llegan sin compasión ni pudor desde los diferentes arietes de la izquierda. Sánchez capitanea la ira y defiende la democracia a la vez. Lo hace con la misma soltura con la que ayer tuiteaba por la memoria de Ernest Lluch, cuando se cumplieron 25 años de su asesinato por ETA, mientras tiene a Bildu de socio de cabecera.
A estas alturas tampoco da la impresión de que Sánchez defienda a García Ortiz, sino a sí mismo. Ni siquiera que esté herido por la sentencia, sino porque le ganó Ayuso. Otra vez. Significa la constatación de que no es tan poderoso como creía. Que el presidente llegó incluso a preguntarnos quién le pediría perdón al fiscal. O días antes de la sentencia hasta concedió una entrevista en la que dejó claro que creía en la inocencia «y más aun tras lo visto». Y aun así fue condenado. Es su primer inocente que sale culpable y están los casos de su hermano y de su mujer. Que de ellos no puede renegar, como de Cerdán o de Ábalos. Y ve que los jueces van por libre, sin pensar en sus palabras. Y para colmo sale la sentencia el 20-N, el día en el que teníamos que hablar de Franco. Que ya ni eso se respeta.
El 21-N se escuchó de todo. De lo más bárbaro, lo del ministro Óscar López, que llegó a decir que el fiscal era inocente, a pesar de lo que dijera el tribunal. Apelaba a que lo había podido ver toda España, en la línea marcada por el «presi». Asusta que para el Gobierno sobren los jueces, porque para decidir entre inocente y culpable está el Consejo de Ministros. O todo suene, desde el Gobierno, a que la sentencia podría haberla dictado el espectador con una votación tipo «Eurovisión», tras ver en abierto el «serial» del juicio.
Da la sensación de que esto llegó antes de que Pedro Sánchez consumara su plan contra el poder judicial, anunciado en su segunda carta a la ciudadanía. Lo de menos es ya si el fiscal será expulsado de la carrera tras su inhabilitación: queda claro que era solo un peón que sonreía.
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