Flores para los muertos
El culto a los muertos, con las consiguientes ofrendas, es algo generalizado en todas las culturas
Así reza la repetitiva salmodia que se escucha en los puestos florales de cualquier cementerio mexicano. Y no mexicano. Porque el culto a los muertos, ... con las consiguientes ofrendas, es algo generalizado en todas las culturas y se ha venido reflejando en los distintos rituales funerarios a través de la historia. Bien es verdad que, dado el simbolismo de las flores en los distintos escenarios geográficos, las más habituales no siempre coinciden. Por ejemplo, entre nosotros son comunes los crisantemos, que representan el luto por excelencia (muy populares también en Japón y Corea); los lirios como signo de paz para el alma del difunto; y las rosas en tanto que símbolo universal del amor.
Es tradicional que en nuestro entorno igualemos erróneamente el día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos --¿habrá difuntos que no hayan sido fieles?--, ambas fechas se asocian a las visitas a los cementerios y al recuerdo de los deudos que dejaron este mundo y nos aguardan en la concentración del Valle de Josafat, donde, según leemos en el libro del profeta Joel, seremos llamados a toque de trompeta. Ese lugar, atiborrado con todos los justos y pecadores que en el mundo han sido, será simbólico por evidentes razones de espacio. Como simbólicas serán las verdes praderas en las que nos hará reposar el Buen Pastor (Salmo 23) para que nada nos falte.
Ayer honramos en el mundo cristiano a Todos los Santos, y hoy es, como dicen en México, el día de los muertitos. Allí, en un entorno popular y supersticioso, el culto a los muertos transcurre en medio de altares, calaveras de azúcar y pastelitos, tequila, pulque o mezcal, sin olvidar toda una parafernalia de esqueletos y objetos alusivos a la muerte. Recomiendo a este respecto la lectura de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Aquí, en cambio, somos más comedidos. Además de las visitas al camposanto («corrales de muertos» leemos en Unamuno), desde el punto de vista gastronómico degustamos huesos de santo, buñuelos y panes de muerto. Y, si acaso, tomamos la crema resultante de vaciar la calabaza para darle una forma luminiscente y fantasmagórica al modo anglosajón, a cuya fiesta de Halloween nos hemos abrazado con exaltado papanatismo digno de mejor causa.
Recordemos que casi hasta el siglo XVIII los enterramientos se hacían en el interior de las iglesias. Las condiciones higiénicas eran lamentables: mala ventilación, pestilencias, y riesgos de enfermedades. Carlos III dictó un decreto prohibiendo esta costumbre. Así pues, las parroquias tuvieron que construir cementerios fuera de los templos. Los ricos tenían derecho a sepultura propia. A los pobres les bastaba con una simple mortaja o «paño de ánimas». No es cierto que la muerte nos iguale a todos. Salvo, claro está, en el caso de las fosas comunes. Ahí, sí.
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