Endémico acoso escolar
El bullying mina la autoestima de las víctimas hasta el punto de que una de cada cinco intenta quitarse la vida
Que levante la mano quien no haya sufrido algún tipo de acoso escolar o no haya visto cómo hostigaban a un compañero de clase durante ... los años de colegio. El empollón, la «cuatro-ojos», el gordo, la fea, el amanerado, la retraída... Cualquier etiqueta servía. Me apuesto lo que quiera, querido lector, que usted puede contar alguna anécdota, si no referir algún hecho que vio en aquella época con sus propios ojos y que, hoy en día, podría ser incluso constitutivo de delito.
Siento darle malas noticias. Por si todavía no se había enterado, la situación va a peor. Y las medidas que se han puesto en marcha durante los últimos años para atajar esta tragedia cotidiana no están dando resultado. El suicidio hace unos días de la joven sevillana de 14 años Sandra Peña, tras soportar meses de bullying en el colegio Irlandesas de Loreto, ha vuelto a poner sobre el pupitre este problema que afecta a casi 220.000 estudiantes en nuestro país, según un estudio elaborado por la Universidad Complutense de Madrid.
La Fiscalía de Menores de Salamanca tramitó 16 casos el año pasado, un 23 por ciento más que el anterior. Pero, como reconocen los responsables de la Asociación Salmantina contra el Bullying y el Ciberbullying, la mayoría de los incidentes nunca llega a denunciarse y mucho menos termina en la vía judicial. Esta entidad atendió a casi doscientas familias el año pasado, el doble que en 2022. El dramatismo de las vivencias que narra su presidenta, Carmen Guillén, pone los pelos de punta. En su retina quedará para siempre aquella Nochevieja en la que tuvo que salir de casa a las tres de la madrugada para evitar que una víctima saltara por la ventana. Y tampoco se borrará de su memoria el caso del acosador que se empleó a fondo golpeando a su víctima mientras le decía que le pegaba hoy porque al día siguiente ya no podía. Era su cumpleaños. Cumplía 14 y sabía que, a partir de ese momento, podía enfrentarse a una responsabilidad penal. Así se las gastan algunos mozos.
La irrupción de las redes sociales, con la publicación de mensajes, fotos y vídeos hirientes; y de la Inteligencia Artificial, con la creación de imágenes falsas a partir de la manipulación de retratos, vídeos o audios de un compañero, han amplificado este drama. No se trata de juegos de niños, como se escucha muchas veces. Hablamos, en muchos casos, de conductas delictivas. Y, sobre todo, de actuaciones que terminan minando la confianza y la autoestima de la víctima, que puede acabar incluso quitándose la vida. No es ninguna broma. Uno de cada cinco acosados lo intenta.
Por eso, cada vez se escuchan más voces que claman por no tener miedo en bajar de 14 años la responsabilidad penal del menor. Consideran que la ley se ha quedado desactualizada. En una paliza en la puerta de un colegio, que además se graba y se difunde por internet, en la que intervienen chavales que no superan los 14 años, no intervendría la Fiscalía, que se vería obligada a poner estos actos en conocimiento de la comunidad autónoma correspondiente para que lo traten los organismos de protección de menores. En Francia la imputabilidad está en los 13 años y en el Reino Unido en los 10. Y no pasa nada porque los jueces de menores siempre van a velar por el interés superior del menor.
Si este mediodía pasan por la plaza de los Bandos verán a cientos de estudiantes protestar contra el bullying. Han convocado una huelga. En esta ocasión he de reconocer que no les falta razón.
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