La Bobolina
Inscribió en 1918, en el Registro de la Propiedad de Madrid su invención: un nuevo procedimiento para conservar los productos cereales, leguminosas y semillas
El salmantino Emilio Bobo Gallego con domicilio en la Avenida de Mirat, número 49, inscribió en 1918, en el Registro de la Propiedad de Madrid ... su invención: un nuevo procedimiento para conservar los productos cereales, leguminosas y semillas, principalmente lentejas, algarrobas y guisantes, evitando que sean atacados por el gorgojo y bautizó el producto con el nombre de «Bobolina».
Ante el éxito de la Bobolina, en 1926 registró una nueva patente con la mención de: un producto de conservación de productos agrícolas. En 1934 inscribe: un producto para la fabricación de un líquido insecticida y finalmente en 1943 lo hace con: un procedimiento para obtener la conservación de productos agrícolas.
Lleva el número de registro 208 y su riqueza en elementos útiles es: 85 % de sulfuro de carbono y 15 % de tetracloruro de carbono.
Se anunciaba como, Labradores y comerciantes de cereales y legumbres: Si en algo estimáis vuestros intereses, debéis de emplear para la esterilización de granos y legumbres el producto patentado Bobolina, único procedimiento adoptado por las casas exportadoras más importantes de España. Con ello evitaréis el gorgojo y mermas por causa de los mismos, pudiéndose vender el grano con más estimación y cuando se quiera, sin temor a que se agorgoje. Para más detalles dirigirse a don Emilio Bobo Gallego, Nava del rey (Valladolid). Desde Nava distribuía la Bobolina por toda España y en Salamanca tenía como agente regional hasta 1929 a Daniel Estévez, en la calle de Pérez Oliva, número 8, en cuya fecha se trasladó a Salamanca, calle Generalísimo Franco, número 27 (Toro de nuevo desde 1979).
Si no se asfixiaban las legumbres, a los pocos días le salían los gorgojos que la inutilizaban para consumo humano y había que echárselas a los cerdos. Se utilizaba un cuarto aparte con una abertura, por donde se introducían los sacos, normalmente de lentejas, propias, de los familiares y de los vecinos, para aprovechamiento del espacio. Una vez depositados los sacos en el interior se cerraba la apertura a base de ladrillo y cemento, dejando un diminuto agujero en el que cupiera una lata, que colocada dentro, se llenaba con Bobolina (que tenía un olor desagradable) y se tapaba totalmente el asfixiadero. No se podía dejar ni la más pequeña fisura pues quedarían mal asfixiadas y los gorgojos harían acto de presencia, estropeando toda una cosecha.
En la posguerra ante la dificultad de importar insecticidas, el Gobierno publicó un folleto para fomentar su uso, a falta de otros desinfectantes, tales como el óxido de etileno y el bromuro de metilo. Daba instrucciones para el manejo: Para realizar la desinfección debe disponerse de un rincón aislado de la vivienda y que pueda cerrarse lo más herméticamente posible. Se consideraba la primavera como la estación más apropiada al alcanzarse una temperatura adecuada ante los posibles vapores del sulfuro de carbono, lo que se evita vertiendo agua en los recipientes, mantenidos en la superficie, ejerciendo así de cierre hidráulico para impedir las emanaciones. Recomendaba el Ministerio de Agricultura la utilización de sulfuro de carbono o bien una mezcla con tetracloruro de carbono, sin mencionar expresamente la Bobolina por tratarse de un nombre comercial.
La industria choricera se dio cuenta de su eficacia como remedio que evitaba la picadura de los insectos durante el curado de los jamones y comenzaron a utilizarlo. Su uso requería el máximo de precauciones, entre ellas y principal la mezcla de los productos químicos, que había de realizarse en la exacta proporción para que a su contacto con el aire no se produjera un gas letal.
El hecho luctuoso se produjo el 15 de agosto de 1967 en Guijuelo, en la casa de tía Pola y calle de Alfonso XIII, en que voló el inmueble, originando 15 muertos, que pudieron ser bastantes más. La causa fue una mala manipulación del producto contenido de 72 botellas en que se produjo la súbita evaporación, dando lugar a la explosión, se supone que por un cortocircuito. Fueron procesados el jamonero Bienvenido Marcos Martín y el farmacéutico Gervasio Miguel Gil Cepeda, con droguería en Benavente. Tras sucesivos juicios y apelaciones se declaró inocente al industrial y cayó el peso de la ley sobre el farmacéutico a quien se condenó a pena de prisión y abono de la indemnización solicitada, aunque no cumplió la pena de cárcel por su avanzada edad.
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