«No es lo que ustedes piensan»
No cerré bien la maleta y, cuando bajamos por la calle Montera, se abrió y braguitas y sujetadores se desparramaron por la acera
El día que murió Franco yo estaba en Madrid. Cursaba segundo de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Tras ocho años de internado ... huía de los colegios mayores y logré convencer a mis padres para ir al Hostal Veracruz que además salía algo más barato. Estaba y está, porque existe, en el número 1 de la Calle de La Victoria, al lado de la Puerta del Sol. Ocupaba dos plantas, la tercera y la cuarta. Mi habitación se encontraba en esta última y daba al Callejón del Pozo, donde existe una pastelería del mismo nombre, famosa por sus hojaldres. Era la calle taurina por excelencia de Madrid en aquellos tiempos. En ella tenía sus oficinas y la venta de entradas la empresa que gestionaba la plaza de toros de las Ventas y en sus bares recalaba todo el taurinismo.
La Calle de la Victoria discurre entre la Carrera de San Jerónimo y la de la Cruz. Allí viví la muerte de Franco y los días posteriores. Recuerdo perfectamente que una de las colas de gente que quería visitar la capilla ardiente salía del Palacio de Oriente, subía por la calle Arenal, para desembocar en la Puerta del Sol y encaminarse por la Carrera de San Jerónimo hasta la sede de lo que hoy es el Congreso de los Diputados, donde fue proclamado rey Juan Carlos I. Recuerdo el silencio en la fila, provocado en gran parte por el temor a lo que podría pasar. Mis padres estaban empeñados en que volviese al pueblo, ya que nos habían dado unos días de asueto, pero con excusas mil me negué. Estaba en todo el cogollo y quería vivir esos hechos históricos. Eso sí, me pidieron que hiciese un cierto acopio de comida por lo que pudiese pasar. En el Hostal Veracruz compartí aquellos días con los otros clientes fijos, que ocupábamos más de la mitad de las habitaciones. Entre ellos había un grupo de representantes, viajantes como se decía entonces, que se dedicaban a la ropa interior femenina. Recuerdo perfectamente las marcas: Belcor, por un lado, y otras bajo el nombre de Selecciones Americanas, que eran Sportex, Christian Dior y Peter Pan. En la época de cambio de muestrarios, me pedían que echase una mano. Así me ganaba unas pesetillas.
Recuerdo como si fuera hoy que, en la primavera de 1975, con Franco vivo, fuimos con todo el muestrario a Fajas Ruiz, en la calle de la Montera cerca de la Gran Vía. Era primera hora de la tarde. Desde allí debíamos ir a la otra tienda que tenían en la calle Espoz y Mina. Con las prisas no cerré bien la maleta y, cuando bajamos por la calle Montera, se abrió y braguitas y sujetadores se desparramaron por toda la acera. El viajante, un señor mayor y muy serio de Toledo, a punto de jubilarse, y yo nos apresuramos a recoger las prendas, mientras recibíamos todo tipo de imprecaciones: «Sinvergüenzas, guarros, cochinos, donde vamos a llegar a parar», mientras los viandantes reclamaban la presencia de la Policía. Mi acompañante solo acertaba a decir: «Que no es lo que ustedes se piensan». Tras muchas explicaciones no terminamos en comisaría. Hace medio siglo.
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