23 marzo 2023
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Filoetarras y fascistas

02 dic 2022 / 03:00 H.

    No digo que aquellas acampadas del 15-M de 2021 no estuvieran justificadas. La sociedad sesteaba mientras la clase política dejaba la vida pasar como si les importara bastante poco el futuro de una generación que empezaba a estar. Pero el germen del odio de la juventud premilenial de entonces son los exabruptos que tenemos que soportar hoy en los parlamentos que han convertido las sedes de la soberanía popular en un antro nocturno de periferia que destila chabacanería.

    Cuando el pasado mes de febrero Vox obtuvo legítimamente en las urnas unos resultados brillantes en Castilla y León ya se podía vislumbrar que si entraban en el Gobierno de la Junta nos enfrentaríamos a cuatro años duros en los que el talante y la entente cordiale pasarían a mejor vida. El señor García Gallardo no ha engañado a nadie. La capacidad que se le presumía al escuchar sus mítines electorales para destruir “inside” las instituciones la ha demostrado con creces. Ha conseguido poner patas arriba el Parlamento y el Ejecutivo y lo que consigue es retroalimentar a Podemos, partido residual en Salamanca y en Castilla y León que con un solo procurador en las Cortes tiene la visibilidad que quiere y que solo beneficia a los extremos.

    Desde la legua ideológica que les separa, Podemos y Vox tienen similitudes que asustan, da igual en el púlpito del Congreso de los Diputados que en la tribuna de oradores de Valladolid. Cada vez que hablan sus líderes se resiente la democracia. Se echan las manos a la cabeza cuando el oponente les dice salvajadas que tienen efecto rebote inmediato. Esta misma semana el presidente de las Cortes de Castilla y León, Carlos Pollán (Vox), retiró la palabra a Pablo Fernández (Podemos) porque vino a llamar fascista a García Gallardo, algo que deberíamos aplaudir todos si no llega a ser porque precisamente el vicepresidente de la Junta suelta una barbaridad y un insulto cada vez que abre la boca. Mientras esto ocurre, PP y PSOE, como pasmarotes, presencian el duelo con una sonrisa en los labios pensando que como en un circo romano la destrucción será para ambas partes. Craso error. Lo que se está menospreciando es lo más sagrado que tiene una democracia, que es el Parlamento. Cuando los partidos mayoritarios recuperen la confianza de los electores, que la han perdido por deméritos propios en la mayor parte de las ocasiones, quizás sea demasiado tarde. El crédito no se va a recuperar a la misma velocidad que está desapareciendo.

    Proferir insultos y graves acusaciones en un parlamento, como es eso de llamar fascistas o etarras a los oponentes debería estar perseguidas. Lo que no es de recibo es quejarse porque te digan lo mismo que dices tú. Este juego es más antiguo que las tabas en la calle y estamos tardando en ponerle freno.

    En las instituciones locales, con una relación más cercana entre las personas, apenas se producen estas salidas de tono. De hecho desde que desapareció del mapa político el ínclito Gabriel de la Mora no se han vuelto a escuchar barbaridades.

    Al final esta rebaja de la calidad democrática ha llegado paradójicamente cuando se han abierto los parlamentos a nuevos grupos políticos sin ninguna experiencia que han traído frescura e ignorancia a partes iguales. Cuando se desinfle el globo de los partidos minoritarios que han agigantado las distancias entre unos y otros es cuando volveremos a tener los parlamentos que hemos conocido. Los partidos tradicionales se han contagiado y debe ser una obligación que cambien para evitar bochornos como el que se ha visto en las Cortes de Castilla y León esta misma semana.

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