18 septiembre 2019
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Feliz cumpleaños, señor Habermas

10 jun 2019 / 03:00 H.
Rosalía Sánchez
De larga distancia

Entre facturas lacerantes y fabulosas ofertas de muebles para un jardín del que no dispongo, acaba de llegar a mi buzón la invitación a los actos de celebración del cumpleaños de Jürgen Habermas. Ya 90. Me reservo mis instantáneas impresiones sobre la surrealista convivencia de toda esta correspondencia en un mismo plano de la realidad para dejar espacio a un modesto homenaje que hunde sus raíces en aquellas clases de Filosofía, obligatoria en primero de Bachillerato, impartidas por Don Victoriano García Pilo. Fue en las aulas de las Teresianas de Salamanca donde por primera vez entré en contacto con su Ética del Discurso, una teoría cuya idea central es que los seres humanos hablamos entre nosotros y esto nos convierte en seres morales. Décadas después, en varias entrevistas y conferencias, he tenido la oportunidad de escuchar a Habermas desarrollar personalmente las implicaciones de su teoría, basada en que en todo discurso entran en juego valores morales.

El comportamiento moral del ser humano se despliega ya en las palabras, eso es lo que venía a decir. Y por eso los conflictos morales deben resolverse, según él, en el lenguaje. Construye el concepto de situación ideal de diálogo en la que los participantes han de llegar a un acuerdo, pudiendo todos hacer uso de la palabra en condiciones de igualdad, libertad y simetría. Me reservo los comentarios sobre la distancia, de años luz, entre la potencialidad de esta propuesta de debate público y los ortopédicos debates televisivos que hemos terminado aceptando como ejercicio democrático en las campañas electorales de nuestro tiempo. Pulpo como animal de compañía.

La fuerza de la propuesta de Habermas radica en el lenguaje mismo, en su convicción de que, o hablamos para entendernos, para lograr acuerdos, o el lenguaje mismo carece de sentido. Me reservo, y con esta van tres, las múltiples lecturas de esta teoría en referencia al actual proceso de negociaciones para formar gobierno porque ahí ya el surrealismo daría para una tesis. A Habermas, de hecho, se le ha criticado su idealización del ser humano y de la realidad, aunque a mí siempre me ha parecido muy atento a sus vilezas y a sus miserias.

Todavía hace cinco años, el Partido Socialdemócrata alemán (SPD) invitó al filósofo a la convención en la que preparaba aquella campaña para las elecciones europeas, evidentemente con la intención de apropiarse políticamente del icono intelectual. Lejos de complacer a los anfitriones, criticó sin piedad su programa por el “olvido de la ciudadanía” y por su “concepto obsoleto, aburrido y repelente de Europa”. En cuanto a sus críticas a Merkel, el látigo ha rozado el sadismo, por sus “políticas de ahorro a costa de los elementos más débiles de la sociedad y de una política de rescates descaradamente diseñada en beneficio de los inversores”. Su denuncia de la “soberanía ficticia” con la que se llevaron a cabo los rescates bancarios desenmascaró el “atraco” que el sistema financiero perpetraba contra los desvalidos ciudadanos europeos.

En toda su reflexión pública hay un hilo de continuidad iconoclasta. En pleno apogeo del socialismo en las universidades alemanas, desmontó a Karl Marx, insistiendo en que concedía demasiada importancia a la técnica y al trabajo como eje de la sociedad y dejaba de lado la interacción y el lenguaje. En 1968 recriminó al movimiento estudiantil, que lo había adoptado como referente, perseguir vehementemente intereses con una “violencia intolerable”. Para Habermas el cambio social debe darse mediante el entendimiento entre los sujetos y en la esfera de lo simbólico y la comunicación (“Teoría de la acción comunicativa”, 1981). Y en 1953, con “Heidegger contra Heidegger”, desmontó públicamente a su propio profesor de universidad y reconocida eminencia.

Hay una figura, sin embargo, contra la que no se sirvió del reproche. En su trayectoria intelectual hay un momento inolvidable, aquel debate en la Academia Católica de Baviera sobre la dialéctica de la secularización con el cardenal Ratzinger, que poco después se convertiría en Benedicto XVI. Fue un instante casi mágico en la historia del pensamiento europeo, una alineación de dos astros de la intelectualidad que, contra lo que sería la teoría general de la relatividad filosófica, se atrajeron entre sí pero sin llegar a chocar. Dos mentes racionales que nunca estarán de acuerdo, firmaron juntas un mismo libro. A partir de ese encuentro, Habermas giró hacia un pensamiento post secular de reconciliación con el hecho religioso, aunque lo más lejos que llegó en la fe fue al reconocimiento del cristianismo como factor que provee de sustancia moral a la democracia.