28 octubre 2020
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Falta pedagogía

    Cada día estoy más convencido de que en esta pandemia ha fallado la pedagogía. No tengo muy claro si el problema ha sido que nuestros gobernantes no han sabido explicarse bien o que nosotros no los hemos entendido. A todo esto hay que sumar los negacionistas que no aceptan que nuestra vida ha cambiado. Para lo bueno y para lo malo. Que hay cosas que no volverán, otras que serán diametralmente diferentes y muchas que, por supuesto, recuperaremos. Sea como fuere, nos han lanzado a un ruedo para enfrentarnos a un toro cinqueño sin haber pasado por la escuela tauromaquia ni haber hecho nuestros pinitos como maletilla. Si me permiten otro símil, es como si de la noche a la mañana nos ponen a trabajar en una industria química o en una central nuclear sin recibir ni el más mínimo curso de formación en materia de seguridad. Seríamos una auténtica bomba de relojería. Con el virus está pasando lo mismo. En teoría nos han repetido hasta la saciedad lo que debemos y no debemos hacer, pero algo ha fallado para que el mensaje no haya calado.

    No cabe duda de que dos pilares básicos para controlar la pandemia son la realización de pruebas PCR y el buen rastreo de los contactos. Soy de los que piensa que, más eficaz que la vacuna, será contar con un test barato, rápido y fiable que cada persona pueda utilizar en el momento que quiera para saber si está contagiada o no. Pero claro, ahí entra nuestra responsabilidad como ciudadanos. Puede que sea por pasotismo o por falta de información, pero lo cierto es que a día de hoy muchas personas no saben o no quieren saber, que si dan positivo en una PCR o son contacto directo de un contagiado, deben guardar cuarentena aunque no tengan ni el más mínimo síntoma. Falta pedagogía (y multas) para hacer ver que alguien que comete esta temeridad es un ‘asesino silencioso’. Al mismo tiempo habrá que apoyar al autónomo que no puede abrir su negocio si queda aislado o a los padres cuyos hijos tengan que permanecer en casa porque están contagiados.

    Todas las administraciones, pero especialmente el Gobierno, tienen que asumir su responsabilidad en la gestión más o menos caótica de la pandemia, pero ninguna estrategia tiene éxito si no cuenta con la colaboración de la ciudadanía. Hace unos días leía el testimonio de una pareja que regresó a España este verano después de estar trabajando en Francia y Alemania. Ellos no entendían qué ocurría en nuestro país para que los contagios se estuvieran disparando si no paraban de ver imágenes de los disciplinados españolitos saliendo a la calle con su mascarilla. Sus dudas se disiparon cuando fueron a ver a sus familias. Les recibieron a cara descubierta, dispuestos a darles un abrazo y un beso y reconociendo que hacían lo mismo con todo ‘chichirriburri’ que entraba en su vivienda. “¿Quién dice que en casa haya que llevar mascarilla?”, se preguntaban los septuagenarios progenitores. La pareja encontró la explicación. Nos hemos afanado en salir bien enmascarados para dar un paseo al aire libre y sin embargo nos hemos pensado que en casa o en el trabajo éramos inmunes al virus aunque tuviéramos contacto con otras personas. Ha faltado pedagogía.

    ¿Quiere decir esto que en Portugal, donde no llevan mascarilla en la calle, son más responsables de puertas para adentro? Pues sinceramente puede que algo más sí lo sean o al menos no se saltan las cuarentenas tan vilmente como nosotros. Es paradójico porque sufrimos uno de los confinamientos más duros del mundo, pero sin embargo nos vendieron una desescalada que parecía una fiesta. Nos afanamos por reactivar la economía y se lanzó el mensaje de que había actividades poco menos que inmunes al virus como salir de copas. En lugar de reeducar a la ciudadanía ante la nueva realidad, el Gobierno se dedicó a lanzar mensajes triunfalistas como que habíamos vencido al virus. Nos relajamos, en cierto modo porque había que soltar el estrés de tres meses dramáticos. Pero pasamos de la ‘cárcel’ a la verbena y no siempre fue por culpa nuestra, sino porque faltó pedagogía. No es tarde para recuperarla.

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