18 septiembre 2019
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Evangélicas negociaciones

04 ago 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

La relación entre ambos en los últimos estadios de la negociación, previos al debate de investidura –y en la “desvestidura” misma-- me recuerda a las tres tentaciones de Cristo en el Evangelio según Mateo. En concreto, a la tercera, cuando el diablo (es decir, Pablo) le dice Jesús (o sea, Pedro –salvando las distancias, claro--), después de haberle mostrado las riquezas y glorias del mundo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. La respuesta, válida para ambas parábolas, fue: “Apártate de mí, Satanás...” Y el diablo se alejó, y vinieron unos ángeles y se pusieron a servir a Jesús / Pedro. Previamente, otra tentación había sido rechazada con el argumento incontestable de que “no solo de pan vive el hombre”. Sin duda, el tema del poder sobrevoló tanto en el debate parlamentario como en el Evangelio.

Pero no olvidemos, ya puestos a continuar por los derroteros del símil evangélico, al hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), que retorna humillado y vulnerable, consciente de haber dado varios pasos en falso. El padre, magnánimo, lo recibe con gozo, lo abraza y ordena matar un novillo bien cebado para celebrar la vuelta del díscolo. ¿Habrá en septiembre reconciliación y celebración conjunta de las dos formaciones, con o sin matanza de novillos, en honor del pródigo que torna al redil de los pactos tras las ásperas rivalidades con ministerios de por medio?

El hijo pródigo (Pablo) quiso reafirmarse en sus principios haciendo gala de su valía, pero no a base de diálogo, sino de ruptura y sin calibrar las consecuencias. Tan importante como la ruptura puede ser el regreso. Toda una pulsión ególatra y narcisista que será perdonada o, por el contrario, condenada al llanto y al crujir de dientes. Lo que a Pedro le convenga más en ese momento. Aquí también podríamos enlazar con las obras de misericordia, porque en un mundo de “síes” y de “noes”, misericordia es pronunciar un “sí” cuando el otro espera un rotundo “no”.

Ahora parecen odiarse, pues las recíprocas antipatías han quedado patentes sobre todo en la parte final del debate. Pero no olvidemos que en toda relación de amor-odio existen aparentes contradicciones que, a la postre, no son tales. La literatura amorosa nos habla del sabroso veneno, la dulce amargura, la delectable dolencia, el alegre tormento y otras cursiladas que enmarcan el presente –y sobre todo el futuro— de unos afectos aparentemente contradictorios que bien podrían consolidarse al socaire de intereses comunes mucho más tangibles. O sea, matrimonio de conveniencia. “Cuando llegue septiembre todo será maravilloso”, cantaban a principios de los sesenta Gelu y The Rocking Boys. Veremos si entre esas maravillas vamos a poder “gozar” de nuevas elecciones o, por el contrario, de matrimonio de conveniencia.