10 julio 2020
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Estamos de luto

30 may 2020 / 03:00 H.

Estamos de luto pero la memoria es muy frágil y no conviene olvidar por qué. Estamos de luto porque aunque haya un baile de cifras se nos murieron 43.000 familiares, amigos, vecinos... perdimos a nuestra madre, a nuestro padre e incluso a los dos. Hubo quien no perdió a nadie, pero también quien lo perdió todo. Muchos se quedaron solos y conviven diariamente con ese dolor que les acompaña en fase 1, 2 o 3 porque desde entonces viven confinados y creen que para siempre. Se les fue su vida. Y no hay que irse muy lejos para encontrar a alguien que vive cada día ahogado en la pena.

Pero ya no solo en la pena de perder a alguien querido, también en el horror de recordar una y otra vez cómo se ha producido. Jamás fue tan desgarradora la muerte fuera de un conflicto bélico. Se moría una parte de ti y no podías ni decirle adiós. Sabías que su vida estaba en riesgo y no podías ni llevártelo a casa. Querías ya solo que muriera entre los suyos, conservar su última mirada... y hasta eso se nos negó.

Ha habido situaciones terribles, como la del abuelo que entra en el Hospital con un ictus, se contagia allí y, de repente, de estar acompañado por sus hijos se encuentra aislado en una habitación atendida por enfermeros, celadores y médicos que entran con buzo y mascarillas dos veces al día. Hay quien antes de morir no entendía que le hubieran dejado de ir a ver y le daba vueltas a esa última visita intentando recordar si dijo algo inapropiado que hubiera podido ofender.

Pobres abuelos solos, rotos y asustados. Y los hijos aún le dan vueltas. Hay quien tenía a la madre bien atendida, feliz... y a los dos días recibía la llamada de su muerte. Hay quien murió condenado por el virus por no ir al hospital, porque traspasar su puerta era firmarle el cheque a la muerte. Hay a quien le avisaron del fallecimiento de un familiar y se las vio y deseó para encontrar su cuerpo.

Muchos, una inmensa mayoría, guardan las cenizas a la espera de poder darles el adiós que se merecen. Porque los entierros fueron tan desgarradores como la propia muerte, ese desfile del enterrador y tú, ese llorar hacia dentro y esa angustia de no tener a nadie con quien desahogarse. Solo a veces gente condenada a estar detrás de la ventana acompañaba con la mirada a ese familiar solitario que apenas podía caminar de dolor.

Esa ha sido nuestra España durante 60 días, que no se nos olvide lo que significa una corbata negra porque hemos vivido el dolor más cruel desde el 36. Estábamos en el “esto lo paramos unidos”, “un día más, un día menos” y ahora ya cabalgamos en el “volvemos más fuertes”. Y entre fase y fase no han estado ellos, las víctimas, solo cifras, solo números. Nos saltamos también el dolor en la propaganda.

Aunque tarde, a destiempo, sin ritos, con una frialdad inusitada, es aún muy necesaria la imagen de la bandera a media asta, aunque se funda ahora con la alegría de reencuentros y se disuelva como un azucarillo ante la gravedad de la crisis económica. Ni siquiera ahora los muertos encuentran su espacio; pero están ahí, no se nos olvide.

Se nos han ido uno de cada cinco personas que ingresaron por el COVID; se nos han muerto 19.000 personas en residencias con el virus o síntomas compatibles. Murieron 26.236 personas mayores de 74 años más de lo normal entre el 17 de marzo y el 20 de mayo y 3.506 de entre 65 y 75 años. ¿Se imaginan que el virus hubiera golpeado a los niños? Eran en su mayoría mayores, sí, los mismos que tuvieron a nuestros hijos en sus brazos, los que nos apoyaron en los momentos difíciles, los mismos que consiguieron que hoy estemos aquí. A los que les contamos nuestras penas y alegrías y que vivían de nuestras sonrisas.

Por respeto a las víctimas, a aquellos que aún no han podido superar la crueldad del adiós; a aquellos que suspiran por pasar a fase 3 para celebrar el funeral, aquellos que aún no han podido consolarse en los brazos del familiar que vive fuera... por ellos hay que tener presente este luto a destiempo. Porque al fallecido hay que llorarle y a la familia, acompañarla.

Superamos el paso 1: Salir de esta los más afortunados. El 2: Por fin ponernos de luto. Y llega el paso 3: Pedir responsabilidades. Que no se nos olvide: murieron, sí, pero muchos no debieron morir. Ahora ya no vale solo la corbata negra.