02 julio 2022
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Ese rojo recalcitrante

30 abr 2022 / 03:00 H.

    SE murió Juan Diego y titula El País en portada, ‘Adiós a Juan Diego, actor total y rojo’. En páginas interiores se atreve en letras gruesas a definirle como ’rojo recalcitrante’. Ser rojo evoca ahora a lucha, rebeldía, luz (rojillo parece que es malo, que le molestó a Errejón, así que cuidado con el lenguaje). No hay actor de derechas tan militante como lo era Juan Diego porque a él le queda la gloria del rojo, y al de derechas, el epitafio de fascista o ultraderechista... y una vida sin trabajo. Bien lo vivió Arturo Fernández.

    La izquierda se ha sacudido los complejos, habla suelto y batalla con las palabras. Dice lo que quiere y luego hace lo que le da la gana, todo va unido. Dentro del Gobierno hay dos izquierdas, una, la socialista de lenguaje sibilino, que cuela ‘palabrejos’ para relajar y luego dar el susto o el ‘hachazo’. Por ejemplo, el presidente ha convertido en habitual el uso de ‘resiliencia’ y bajo ese término de lucha, empuje, de connotaciones positivas, cuela una política del todo vale, de acercamiento de presos de ETA, de mínimos esfuerzos para caminar hacia una sociedad de subvencionados y de maniobras más que extrañas para sacar adelante la dictadura de sus leyes, porque en ellas no admite ni una coma de la oposición. Habla de ‘justicia social’ y, a continuación, nos quita dinero. Dice ‘concordia’ o ‘generosidad’ y eso significa que nos preparemos para otra concesión a los nacionalismos.

    No es raro que Bildu apoye a Sánchez, lo que empieza a resultar extraño es este numerito de espionaje que parece una obra de teatro guionizada para colar a los de Otegui y a los independentistas en la Comisión de Secretos Oficiales, con la pobre Margarita Robles como la única que no sabe que los demás interpretan un papel. Con cada palabra ‘nueva’ de Sánchez hay que poner directamente pie en pared.

    Podemos es diferente. No tiene vergüenza. Por eso maneja un diccionario aparte y en el de Irene Montero parece que conciliar es que haga de niñera y chófer uno del partido pagado por el Ministerio. Y por eso, y porque la ignorancia es muy atrevida, si no existe una palabra, se la inventan sin rubor. Ahí está ‘todes’, de Irene Montero, la RAE del Gobierno, o las nuevas ‘contracondicionamiento’, ‘intersexualidad’ o ‘despatologizador’. No se sabe si es atrevimiento o incultura.

    Mientras nos distraen con ‘todos, todas y todes’, elles a lo suyo, con barbaridades que parecían inimaginables, como la de tener un Ministerio de Igualdad para discriminar por igual a hombres y a mujeres. A nosotras nos ha eliminado con la Ley Trans: no hay mujeres, solo mujeres transexuales y no transexuales y dentro de este último grupo no todas existimos porque las visibilizadas con dinero público son las feministas activistas, lesbianas, bisexuales... Y nada de una Secretaría de Estado gris, en Igualdad la dirige Ángela Rodríguez, feminista y bisexual, que desvela en 140 caracteres su cántico favorito del día del orgullo: ‘lesbianas con pene y lesbianas con vagina, hay más lesbianas de las que te imaginas’. Se le puede pedir más profundidad con un sueldo superior al de la ministra.

    PSOE y Podemos nos machacan con lenguaje inclusivo para que lo hablemos casi sin querer y trabajan para convencernos de que no hay ‘rojos y azules’, solo ‘rojos y grises’. Vox, con estrategia también de lenguaje, torpedea a la izquierda sacando el ‘comunistas’ siempre que puede pero guarda ahora el ‘derechita cobarde’, que tantos votos le dio.

    Luego está el PP, ahora amante solo de una palabra, ‘economía’, neutra y sin alma. La mayor victoria reciente la obtuvo cuando Ayuso se apropió de ‘libertad’ y desnudó de ella a la izquierda. Fue un momento de quitarse complejos el PP, con un Almeida que rompía esquemas declarándose hincha del Atlético, sin importarle lo que pensaran los del Madrid.

    Pero son otros tiempos y por eso aunque el PP vio que el ‘socialismo free’ de Ayuso golpeaba a la izquierda, Feijóo apartó la expresión porque su política es otra. Con las palabras se marca estrategia y la suya está enfocada a no asustar al socialista que votaba a Felipe González porque lo quiere para el PP. No puede ir a casa de Bertín, agradar, y aliarse con Felipe reconociendo que le votaba de joven para luego estropearlo con una expresión. Le importa ahora poco que cada vez que alguien dice ‘todas y todos’ sea punto para la izquierda. Igual que cuando alguien pronuncia ‘ultraderecha’.

    Feijóo espera paciente, sin entrar en la batalla de la palabra, y frena a Ayuso -que saca sobresaliente en lenguaje de la izquierda- convencido de que el momento pide calma. Sobre su estrategia, buena sobre el papel, planea la duda de si cuando pueda dar fruto, aún queda algo de España.

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