08 agosto 2020
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En la cama del emérito

30 jul 2020 / 03:00 H.

    A Pedro Sánchez le gustan los aplausos más que a uno de esos tontos con balcones a la calle le cautiva una tiza. Se vio cuando volvió con el dinero de Bruselas, cuando hizo formar a sus ministros en círculo y nos regaló una de las imágenes más palmeras de la democracia, con aplausos incluso a sí mismo.

    Se vio de nuevo ayer que le gustan los aplausos cuando sus señorías socialistas llenaron su bancada riéndose de la distancia social para aplaudir cada palabra del señor, incluso esas últimas que escupía desde su sillón, sin mascarilla y a menos de un metro de distancia de otras señorías.

    Le gustan tanto los aplausos y además es tan poco fiable, que por quedar bien aplaudido traicionó al resto de grupos del Congreso y rompió el pacto del COVID llevando a todos sus diputados a escuchar su recital. Ahí estaban los socialistas juntitos y eufóricos, y la oposición, que no aprende, de nuevo engañada por un presidente envalentonado. Como si tuviera mucho que celebrar...

    Puede celebrar que en días se va de vacaciones y que como buen aprendiz de rey, veraneará en un palacio, La Mareta, y también puede celebrar el tener pocos escrúpulos porque no le hará ascos a que fuera un regalo de Hussein II de Jordania al emérito Juan Carlos I, que luego Felipe VI puso a disposición del Gobierno.

    Puede celebrar que prácticamente necesita una tiza para entretenerse y si cuando llegó a Moncloa la primero orden que dio fue la de cambiar el colchón, cuando pisó por primera vez este palacio de Lanzarote en lo primero que ocupó su mente fue en gastarse 33.000 euros de Patrimonio Nacional para cambiar una lavadora, el aire acondicionado e instalar unas cámaras de seguridad.

    Puede celebrar que es capaz de dormir tranquillo a pesar de haber pactado con su hombre del saco particular y también que es capaz de relajarse cuando los “agoreros” vemos motivos de intranquilidad: ¿Quizás sea por ese millón de empleos que se destruyeron en un trimestre? ¿Quizás porque España supera los mil casos diarios de COVID por primera vez en casi tres meses? ¿Quizás por el veto turístico? ¿Quizás porque el plan del Gobierno se reduce a que haya vacuna? ¿Quizás porque hay conferencia de presidentes y Pedro Sánchez tiene que rogar al vasco, al catalán y a la madrileña que acudan?

    Pedro Sánchez puede celebrar que por más mentiras que diga sigue teniendo a sus incondicionales del aplauso, que son muchos -muchísimos según el CIS de Tezanos-. A ellos les da igual que las cifras de contagio de Illa no coincidan con las de Pedro Duque; que las que envía España a la OMS tampoco sean las mismas que Simón da por oficiales. Son aquellos a los que les resulta indiferente que el comité de expertos que decidía quién avanzaba de fase no existiera o que aún no sepamos la cifra real de muertos.

    Puede celebrar que sus ministros no tengan capacidad de sonrojo ni, salvo Margarita Robles, tampoco de pedir perdón. porque así puede escuchar como María Jesús Montero reivindica España como destino seguro o como González Laya chilla -porque no habla- que es habitual que unos países recomienden no venir porque también España lo hace.

    Puede celebrar que la moción de Vox nace para titulares y no para realidades. Y puede celebrar, seguro, que al paso que vamos y como dijo ayer, la legislatura será de las largas. Por eso ahora coge fuerza en su ola, que no es la del paro, que no es la del COVID, que no es la de los Ertes, ni la del plan de recuperación... es la de Canarias y las que forman al volar los pájaros de Doñana. Pedro Sánchez siempre tiene algo que celebrar, aunque solo sea que un hombre como él ha llegado a presidente o que en plena crisis -que él compara con el caos tras la Segunda Guerra Mundial- nadie ponga un pero a que el presidente se vaya de vacaciones. Estará para revisar la lavadora y, aún así, desde el palacio escuchará los aplausos.

    Puede celebrar que el emérito no irá por allí cuando él le desaloje de Zarzuela precisamente por recibir regalos como La Mareta. Puede celebrar que dormirá como le gusta, como un rey de los de antes, no como los de ahora que van a mercados de ganado y a ver limpiar anchoas. Puede celebrar que pese a los crecientes “debes” de su cuenta, siempre puede celebrar porque los aplausos van para largo, igual que nuestra crisis.