27 febrero 2021
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Emperatriz de Lavapiés

    Hace ya unos meses que a Díaz Ayuso se la ve con un aura especial. Camina henchida y majestuosa, como si a su paso sonara de fondo el Gaudeamus Igitur. También le ha pillado el truco a esas muecas suyas que tantos memes le han costado y ahora va por la vida con permanente cara de foto. Divina.

    Es la baronesa autonómica por excelencia. Lo es desde que la comunidad que preside pasara de ser el epicentro europeo de la pandemia a convertirse en una especie de paraíso vacacional con turismo, restaurantes, paseos nocturnos, etc.

    La presidenta se ha metido de lleno en el rol de verso libre y ahora se vende –o eso piensa ella- como una especie de genio: la única en todo el mundo que ha sido capaz de resolver el misterio del COVID. Es Ayuso quien tiene la fórmula mágica. No los del Monte Sinaí, ni los prestigiosos investigadores norteamericanos. Isabel parece haber adelantado por la derecha a la industria alemana, al servicio secreto de Israel y a los coreanos, que ya están en la cresta de una tercera ola.

    Es cierto que Ayuso no publica en The Lancet, pero ni falta que le hace. Ella ya ha compartido el secreto con la humanidad: los test de antígenos de segunda generación. ¿Que en realidad se crearon en Chicago? Sí, pero ¿quién se lanzó a utilizarlos pese a no estar acreditados en España por el Carlos III? Isabel.

    Aparquemos la ironía por un momento. Con Díaz Ayuso tengo un dilema. Los números le dan la razón. En apenas un mes Madrid consiguió doblegar la segunda ola y la prueba que lo atestigua no es la incidencia acumulada –que es manipulable-, sino los datos de hospitalización. Realmente Madrid fue vaciando sus hospitales.

    El problema es que a esta mujer no me la creo. No le veo la genialidad por ninguna parte y mi impresión es que ha tenido un golpe de suerte absolutamente memorable.

    ¿Por qué se lanzó Madrid de lleno a utilizar unos test que -insisto- ni siquiera estaban acreditados en España? A finales de agosto la Atención Primaria de Madrid estaba ya contra la lona y los resultados de las pruebas PCR se demoraban más de dos semanas. Tardaban tanto tiempo que cuando te daban el resultado ya te habías curado.

    Era insostenible porque la gente no respetaba el aislamiento. Pocos se quedaban más de dos semanas sin ir a trabajar a la espera de un resultado, y menos si eran asintomáticos.

    Madrid iba tan por detrás del contagio que era imposible rastrear la cadena de cada caso.

    El colapso era tal que hubo que dejar de hacer PCR a los contactos de los positivos, salvo que fueran convivientes. Epidémicamente, era como si Madrid hubiera cerrado los ojos y dicho “que sea lo que Dios quiera”.

    Pero se dio la casualidad de que, precisamente en esas semanas, se anunció la futura llegada de unos test no tan finos como la PCR, pero sí más baratos y más rápidos.

    Madrid habló rápidamente con Abbott y dijo ‘póngamelo para llevar’.

    Se agarraron a un clavo ardiendo porque no tenían absolutamente nada que perder. Ya estaban perdidos. No existía un escenario peor que el de Madrid en toda España y el órdago les funcionó. Bien que nos alegramos, porque cada vez que Madrid implosiona los demás notan la onda expansiva.

    El caso es que desde aquel momento Ayuso actúa con alma de chotis. ¿Qué tú cierras en Navidad?, pues yo no. ¿Qué cenáis seis? Nosotros diez. ¿Qué sigues haciendo PCR? ‘Pues pa chulo, chulo, mi pirulo’ y te enchufa un hisopo de a cuatro euros.

    Hoy la curva de incidencia de Madrid vuelve a picar ligeramente hacia arriba, pero la presidenta dice que el espectáculo debe continuar. No cierra en Navidad.

    Puede que esta vez no funcione lo de analizar las aguas residuales, ni que hacer decenas de miles de antígenos sea suficiente. Puede que el hecho de tener la mayor seroprevalencia del país no les salve y que el Madrid se ‘coma’ en enero una tercera ola como una catedral, pero que no cunda el pánico. Al fin y al cabo esto es solo una opinión.

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