15 enero 2021
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Elogio de la Universidad de Salamanca

    La historia empezó, como todo el mundo sabe, en torno al año 1218, ocho siglos atrás. El rey Alfonso IX de León, igual que estaban haciendo entonces otros reyes cristianos en Europa, decidió “crear escuelas” en Salamanca, destinadas a mejorar la formación de los encargados de la administración real y eclesiástica. Sus sucesores, Fernando III el Santo y Alfonso X el Sabio, protegieron también dichas escuelas y estas recibieron un espaldarazo decisivo en 1255, cuando el papa Alejandro IV las confirmó como “Estudio General” y les concedió un privilegio impagable: la validez universal de sus títulos, un reconocimiento del que disfrutaron muy pocas universidades europeas.

    Podría haber sucedido de otro modo, pero el hecho fue que la institución se consolidó y prosperó mucho más allá de lo esperable. Antes de alcanzar un siglo de vida, Salamanca era ya una de las cuatro grandes universidades europeas, junto con París, Oxford y Bolonia. Y en los siglos XV y XVI las cosas no dejaron de mejorar. Con los Reyes Católicos llegaron las nuevas corrientes humanistas y Nebrija. Con Carlos V y Felipe II la Universidad vivió su momento cenital, el de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. Salamanca se convirtió además en la universidad modelo de la Monarquía y, por ello, las primeras universidades americanas fueron creadas con patrones salmantinos. Una parte importante de las élites administrativas, políticas y culturales de la España del Siglo de Oro se formaron aquí, pues no en vano cuatro de los seis Colegios Mayores de la Monarquía, verdaderos centros de influencia y poder, se encontraban en Salamanca.

    Luego vino la decadencia y la relativa recuperación de la “segunda escuela de Salamanca”, la de los ilustrados y primeros liberales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Y una prolongada etapa oscura, la del centralismo liberal, que a punto estuvo de hacerla desaparecer. Y llegó Unamuno, que volvió a colocar en el mapa a una institución polvorienta. Y más tarde la Guerra Civil y la dictadura... Pero en sus ocho siglos de historia ininterrumpida la Universidad de Salamanca no solo ha vivido vaivenes, idas y venidas, épocas de expansión y de crisis. No solo –y ya sería mucho- ha sabido adaptarse a los diferentes tiempos que ha tenido que atravesar. Es bastante más que eso. Si algo caracteriza la prolongada historia de nuestra Universidad, hasta el punto de formar parte de su misma naturaleza, ha sido su capacidad de sobreponerse a las limitaciones establecidas por su contexto y colocarse netamente por encima de él.

    Así ha sucedido también en las últimas décadas, desde la llegada de la democracia y en los veinticinco años de dependencia de nuestra comunidad autónoma. Diluida en el contexto de la multiplicación de la oferta universitaria, recluida en un territorio víctima de la despoblación, el envejecimiento, el escaso dinamismo económico y las malas comunicaciones, la de Salamanca podría haberse convertido en una universidad más, una institución provinciana carente de cualquier singularidad o atractivos más allá de los que ofrece su emplazamiento principal en una ciudad bellísima. Pero no ha sido así de ningún modo. No está en lugares de privilegio en las clasificaciones de las mejores universidades del mundo, y difícilmente podría estarlo con sus mermados presupuestos y las marañas normativas que impiden su despegue. Sin embargo, se encuentra a un nivel muy superior al de su entorno, con fortalezas estructurales envidiadas por muchos: entre otras, su grado de internacionalización, casi sin parangón en las universidades españolas, sobre todo pero no solo hacia Europa y hacia América Latina e incluso algunas áreas de Asia; su especialización en el español, iniciada por pioneros de hace un siglo y continuada tenazmente desde entonces; o la calidad singular de la docencia e investigación de algunas de sus áreas.

    Pero desde hace algún tiempo, antes de que la pandemia viniera a complicar muchas cosas, y también a disfrazar otras, la Universidad de Salamanca vive instalada en la autocomplacencia y el cortoplacismo, en la mera gestión de los asuntos ordinarios. Trabajamos, por supuesto, pero no avanzamos, porque en realidad no sabemos hacia dónde nos dirigimos. La ausencia, a estas alturas, de un Plan Estratégico (el anterior terminó en 2018) muestra a las claras la naturaleza de nuestros problemas: ni resultados relevantes, ni objetivos claros, ni proyectos a largo plazo que nos guíen. Nuestra universidad se adapta a lo que va sucediendo con dificultades y gracias al esfuerzo de la comunidad universitaria, pero con improvisación y, a veces, personalismos y sobreactuaciones. Y no es esto lo que necesitamos. Por eso debemos cambiar. Entre todos y para hacer una universidad mejor. Sobreponiéndonos una vez más a las limitaciones de nuestro medio sin caer en el desánimo, con orgullo y con ilusión, porque para eso somos la Universidad de Salamanca.

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