06 agosto 2020
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El virus y la política

23 mar 2020 / 03:00 H.

Hay quien considera, de buena fe, que estos tiempos de pandemia, con sus terribles secuelas humanas y económicas, con la insólita experiencia de tantos millones de personas confinadas en sus casas, no son una buena ocasión para la política, ni para practicarla ni para hablar de ella, pues lo que toca ahora es “arrimar el hombro” y dejar a un lado otras cosas. Así sería quizá en una Arcadia feliz poblada de arcángeles. Pero no es esto lo que sucede en este condenado mundo terrenal de hombres y mujeres de carne y hueso donde, en realidad, todo es política. Lo habrán visto en estos primeros ocho o diez días de cuarentena: en paralelo a los hermosos llamamientos a la unidad y al esfuerzo común (que bienvenidos sean), en España del rey abajo todos han tratado de sacar algún provecho de la situación. Haciendo públicos ahora, en plena convulsión social, para amortiguar sus efectos, datos comprometedores que se han mantenido ocultos durante meses. Exigiendo el apoyo incondicional a quien ni siquiera eres capaz de mirar a la cara en el Parlamento. Ofreciendo consenso con la boca pequeña y la indisimulada voluntad de no alcanzarlo. Practicando el tramposo juego de ser gobierno y oposición, sistema y antisistema, para obtener beneficio múltiple. Todos hacen e intentan que parezca que no hacen, aunque, como es costumbre, la palma se la llevan los nacionalistas, a quienes ayer nos presentaban como ejemplares practicantes del diálogo. Para la historia universal de la infamia quedarán, entre otros, los esfuerzos del señor Torra, presidente de la autonomía catalana, por profundizar en el proceso independentista difundiendo mensajes que vendrían a decir que ahora, después de robarnos, “España nos mata”; la hilarante presunción de la consejera catalana de Sanidad, la señora Vergés, de que el coronavirus catalán era, naturalmente, “diferente al del resto del país” (y seguramente más industrioso, culto y pacífico); o por encima de todo el escarnio de los muertos madrileños, proferido desde los más hondos abismos del odio y el fanatismo por la ex consejera catalana, eurodiputada y prófuga de la justicia, de aire generalmente atribulado, señora Ponsatí.

Estamos ante una calamidad colosal y cuando salgamos de ella, que saldremos, aunque no pronto, sin duda habrán cambiado muchas cosas. Pero ¿en qué sentido? Por ahora, casi todos son interrogantes. En el orden internacional, está claro que asistiremos a una nueva fase de la lucha descarnada por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China. ¿Cuál de las dos grandes superpotencias saldrá más reforzada, o menos dañada, de esta hecatombe? Resulta aventurado pronosticarlo, aunque en este momento más parece que será China quien refuerce su creciente influencia planetaria, a la vista de la incomparecencia de los Estados Unidos en todo aquello que no sea la observación de su propio ombligo. ¿Y la Unión Europea? No ha sido precisamente muy alentador su papel en el inicio de la crisis, con los Estados tomando decisiones por su cuenta y la Comisión Europea ausente, pero esto va para largo y la necesidad de enderezar el rumbo económico, cuando todo termine, será una nueva ocasión para que las instituciones europeas demuestren su utilidad. Ojalá Europa, además, sea capaz entonces de moderar lo que parece que será una ola arrolladora: el freno a la globalización y el retorno de todos los particularismos.

Porque esta será probablemente una de las consecuencias irremediables de la crisis. Ante sus efectos demoledores, los discursos populistas y nacionalistas volverán a emerger como la salvación para situaciones extremas, la solución sencilla para problemas complejos. Y habrá muchos, seguramente muchos, desesperados o simplemente desorientados, que comprarán esa mercancía averiada. Ojalá que nuestras democracias sean capaces de mostrar la misma eficacia que hoy parece haber revelado el tecnoautoritarismo chino en el control de la pandemia (aunque no en evitar su aparición). Y ojalá también que no alimentemos los descontentos arrojando del sistema a tantas capas sociales como marginalizó la crisis de 2008.

¿Y en España? Sería insensato obviar que nos encontramos en una situación particularmente delicada. Arrastramos desde hace años una profunda crisis de nuestro sistema político que los efectos económicos y sociales de la pandemia muy probablemente ahondarán. Sin duda alguna los enemigos del sistema constitucional del que disfrutamos desde hace más de cuarenta años, algunos sólidamente instalados ahora en puestos institucionales, verán en ella una nueva oportunidad para alcanzar sus objetivos. Ojalá que los errores propios (la falta de ejemplaridad, la incompetencia, la ausencia de altura de miras y el frívolo abuso de la gresca partidista) no contribuyan a los éxitos ajenos. Es tiempo de catarsis, de discursos vertebradores que den respuesta a las incertidumbres e integren toda esa intensa emocionalidad social que ya empieza a aflorar. Aún hay margen, pero cada vez menor.