21 julio 2019
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El viaje

24 abr 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

En nuestros días vacacionales, tan limitados en el espacio como en el tiempo, solemos tener dos grandes opciones. Podemos salir a invadir territorios más o menos cercanos o quedarnos a sortear la invasión turística de los propios, entre terrazas urbanas y ríos humanos, todo aderezado con la caprichosa climatología, la única variable sobre la que no podemos intervenir, junto a las elevadísimas expectativas imaginadas sobre nuestro ocio.

Ser turista en puentes y vacaciones cortas lleva añadido un listado interminable de superexigencias controladas. Que haga buen tiempo, que no vayamos muy lejos ni suficientemente cerca de nuestro diario, que no sean muy caras, que el hotel, la casa rural, o el alquiler urbano sean inolvidables. Es un trabajo de alto riesgo y planificación extrema, que a veces nos hace dudar si compensa traspasar el umbral con la maleta. Quizá ser turista consiste en poner a prueba la capacidad de elección, tan infinita como la sociedad del ocio ha decidido y organizado; consagrarse al tiempo y al espacio elegido y, sobre todo, compartir un sentimiento de comunidad que se siente eterno pero que vive lo que duran el viaje y las experiencias comunes.

Pocas sensaciones mantienen los sentidos en alerta como la novedad de existir en donde nunca has estado. Contemplar nuevos cielos, nuevos edificios e historias en grupo tienen un atractivo en el que te sumerges y te dejas llevar mansamente, sin objeciones ni de cuerpo ni de espíritu. Tu máxima preocupación consiste en saber dónde vas a comer, junto a las diez personas que te acompañan. Y de repente tomas conciencia de que eres feliz, hablando de mil cosas, con sonrisas y miradas de ojos conocidos y queridos a los que no ves tanto como te gustaría. A pesar de la lluvia, de las improvisaciones o de que las niñas, ¡sabias adolescentes!, prefieren pasear Madrid en vez de visitar Sigüenza.

Fue Stendhal quien escribió en 1838 Memorias de un turista, aunque usó antes el término en otras de sus obras, y a él se debe la descripción del síndrome que puede padecer cualquiera de nosotros ante una sobredosis de belleza, de un lugar, de un sitio lleno de historia o una obra de arte. Son emociones que él sintió desencadenarse como viajero en Florencia y que se extienden a muchos lugares del mundo en el que la mano del hombre ha acertado dejando su huella y nosotros, viajeros de otro tiempo, conectamos en un momento irrepetible con ellas.

Al regresar, antes de que todas nuestras vivencias intensas de estos cortos días los transforme la estadística en cifras de ocupación hostelera, de visitantes, de penitentes, recordaremos de nuevo lo vivido. Y sentiremos, inmenso, el impulso del abrazo de la amistad y el descanso inesperado, mientras que los lugares serán solo recuerdos, apenas el marco de la gozosa alegría de vivir. ¡Vértigo, que el mundo pare!, qué corto se me hace el viaje!