18 septiembre 2020
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El vals del autónomo

10 feb 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Los que empezamos a despedirnos de la palabra juventud recordamos que en las verbenas de los pueblos de hace un par de décadas era muy habitual concluir la función con “El vals del obrero”. Esta canción de Ska-P venía a ser una oda al proletario al que le costaba llegar a fin de mes y tenía que sudar y sudar. “No tengo un puto duro, pero sigo cotizando”, decía no sin acierto. Y todos acabábamos gritando “Resistencia” mientras saltábamos y nos golpeábamos hombro con hombro. Me imagino que a los ‘millennials’ y a los talluditos le sonará a chino. Pues bien, si Ska-P se animara en 2020 a hacer una segunda versión de su mítico tema lo tendría que bautizar como “El vals del autónomo”. No digo que los currantes por cuenta ajena no sigan pasando las de Caín en algunas empresas. Pero si hay una figura totalmente despreciada, pisoteada, ninguneada y vapuleada esa es la del autónomo. Da igual que haya más de tres millones en España y jueguen un papel capital en la economía del país. Ningún Gobierno hasta la fecha ha sido capaz de dignificar un régimen donde las vacaciones se reducen a la mínima expresión, la baja por enfermedad es una quimera, la jornada laboral nunca es de ocho horas y las cuotas e impuestos te obligan a ‘triunfar’ con tu empresa en menos de un año para sobrevivir.

En su pacto para formar el Ejecutivo de coalición, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se comprometieron a realizar una reforma que casa con algunas de las reivindicaciones del colectivo. Un sistema de cotización por ingresos reales; una mayor protección en caso de desempleo, enfermedad o jubilación; y una equiparación de los derechos de los autónomos con los de los trabajadores por cuenta ajena, fueron algunas de las buenas palabras que se incluyeron. Del dicho al hecho va un trecho y más tratándose de vulgares trileros de la mentira. Ojalá me equivoque, pero intuyo que los autónomos van a ser la última sardina de la banasta de los furtivos socialistas y comunistas que dirigen los designios del país. Están más preocupados en hacer reverencias al tarado de Torra que en salir al rescate de un colectivo que no puede esperar más.

Todos conocemos a algún autónomo y el esfuerzo que tiene que hacer cada día para levantar la trapa de su negocio. Me viene a la cabeza el caso de Ana, una diseñadora gráfica que cumplió el sueño de montar su propia imprenta digital. En sus años como autónoma no llegó a recuperar la inversión de una maquinaria realmente cara a la que se sumaba la renta del local y la cuota. Hubo momentos en los que podía haber contratado a una persona porque el volumen de trabajo así lo permitía. Pero era tal la presión fiscal que se hacía imposible. Paradójico cuanto menos. Tal y como está planteado el régimen de autónomos en España ahora, se impide a estos pequeños empresarios crear empleo. No solo no se fomenta el emprendimiento, sino que se lastra cualquier opción de crecimiento. Es para mandar a esparragar a los que siguen permitiendo semejante escándalo. El fin de esta película ya os lo podéis imaginar. Ahora Ana trabaja por cuenta ajena.

Igual de sangrante es el caso de las personas pluriempleadas. Es decir, los que trabajan por cuenta ajena y a la vez están dados de alta en el régimen de autónomos. Es triste decirlo, pero su afán por ser legales y declarar sus ingresos se castiga. Es absurdo que, pasado el primer año de tarifa plana, tengan que abonar una cuota idéntica a la de un autónomo que solo viva de eso. Al no ligar la cuantía de esa cuota a los ingresos, les obligan a recibir esos ingresos en B. Un sinsentido.

Cuando de verdad se le cae a uno el alma a los pies es al ojear a los países de nuestro entorno. En Francia no se paga cuota el primer año y, pasado ese tiempo, solo la abonas si has tenido ventas. En Inglaterra los que ingresan menos de 9.200 euros pagan solo 14 euros al mes. En Portugal tampoco se abona cuota los primeros doce meses y después se paga en función de los ingresos. Es de cazurros que en España sigamos bailando este vals con el pie cambiado.