25 mayo 2019
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El tiro por la culata

18 abr 2019 / 03:00 H.

Desde los tiempos de los griegos de Atenas, hace veintiséis siglos, el debate forma parte de la esencia de la democracia. Entonces la discusión en el ágora no era una opción, sino la base sobre la que se asentaban la actividad política y la participación de los ciudadanos. Con los avances de la modernidad esta bella y democrática costumbre ha ido degenerando hasta llegar a la perversión del género en la España del siglo XXI, donde los debates se organizan a conveniencia de los favoritos. Quien se considera caballo ganador en los siguientes comicios decide si se somete al careo, y en caso de duelo, escoge lugar y armas.

José María Aznar y Felipe González protagonizaron el primer enfrentamiento en televisión en 1993, a doble vuelta y con victoria final para el socialista, que acabó imponiéndose en las generales de ese año. Al líder del PP se le quitaron las ganas de debatir y no volvió a someterse a semejante tortura hasta que abandonó el primer plano de la política.

Mariano Rajoy heredó sus miedos y no quiso enfrentarse a José Luis Rodríguez Zapatero cuando se veía ganador en 2004, pero los atentados de Atocha le sepultaron las ilusiones. En 2008 el inefable ZP no tuvo inconveniente en discutir en televisión y a dos vueltas con Rajoy, al que volvió a derrotar en las urnas. En 2011, de nuevo Rajoy, esta vez frente a Rubalcaba, consiguió por fin ganar un debate para el centro derecha, y se llevó los comicios de calle. Una vez instalado en el poder, el gallego se hizo el sueco y se negó a acudir al siguiente debate, a cuatro bandas, ya con Podemos y Ciudadanos. Después vendría el más agrio de los enfrentamientos habidos hasta la fecha, con el faltón de Sánchez enfrente, y ya en 2016, otro debate a cuatro en el que Rajoy salvó los muebles y su mayoría, relativa, en las elecciones.

Dado que no hay más regulación que la santa voluntad de las partes, con la vigilancia, eso sí, de la Junta Electoral en caso de haber acuerdo, aquí casi siempre ocurre que los aspirantes quieren guerra y los presidentes con posibilidades de repetir prefieren la comodidad del sofá a la tensión de los micrófonos.

Los asesores áulicos de los candidatos son quienes, con las encuestas en la mano, deciden las estrategias. No se crean, por tanto, que Pedro Sánchez haya decidido acudir a la controversia con los otros aspirantes por sus profundas convicciones democráticas (dudo que tenga algo de profundo este hombre) ni por el compromiso con sus futuros electores. Sánchez quería un debate a cinco bandas porque pensaba salir victorioso: le convenía identificar a PP y Ciudadanos con Vox, colocarles a todos en el mismo carro y disfrutar viendo cómo se despellejaban entre Casado, Rivera y Abascal.

Le ha salido el tiro por la culata, y ahora que la Junta Electoral ha vetado el pentágono, no le queda más remedio que aceptar el cuadrado. Eso sí, el combate lo celebrará en casa, en Televisión Española, donde una vez más manda el partido en el poder y todo atisbo de oposición periodística ha sido fulminado.

En ese debate al que acude forzado el doctor Sánchez tiene poco que ganar, mientras que los otros tres acudirán con el cuchillo entre los dientes: Iglesias intentando arañarle algunos de los millones de votos perdidos a cuenta del casoplón, y los otros dos dispuestos a ponerle entre le indulto y la pared. Si reconoce que piensa indultar a los golpistas, como todos sabemos/sospechamos, su electorado más de centro se le escapa, y si anuncia que no habrá perdón para Junqueras y la banda, se queda sin socios del futuro gobierno. Qué dilema.

El otro que ganará seguro será Abascal, que ya ha dado órdenes a sus candidatos de sacar rédito al ‘veto’ de la Junta electoral. Eso le ayudará sin duda a combatir el argumento, tan real como consistente, de que votar a Vox el domingo es una manera de tirar la papeleta en las provincias donde se juegan cinco o menos diputados, como es el caso de Salamanca.