17 septiembre 2019
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El silencio

05 mar 2019 / 19:20 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

E N el rellano de la escalera de una casa de pisos se confunde el sonido de los programas de las televisiones domésticas. Compiten en volumen el sonido de las voces, muy gritonas, de los invitados e invitadas de un talk show vespertino. Deduzco que los televidentes son personas mayores, y solas, por el volumen tremendo que desprenden sus receptores. Si pudiera ver cada una de las pantallas que presiden los salones descubriría la intimidad catódica de ese momento y, probablemente, al saloncito le sobrarían pulgadas o le faltarían metros para tanta hight definition, porque ningún hogar se ha librado del cambio tecnológico impuesto por la televisión digital terrestre que ha renovado el parque.

Me detengo a escuchar la tertulia vocinglera como una espía y oigo las voces de las estrellas de este espectáculo que hoy ventilan y destrozan la vida privada de un torero con lo que denominan la Caja B de sus conquistas. Cada tarde dan protagonismo a personajes menos relevantes, del submundo doméstico diario, cuya cercanía a los verdaderos artistas es inversamente proporcional al descaro de sus lenguas. No tengo nada que decir sobre esta práctica, que solo consumo cuando me asalta inesperadamente, sino es porque veo que los programas que diseccionan las vidas ajenas son los sustitutos mayoritarios de las conversaciones de patio, de las sillas al aire, de las meriendas animadas, de la tarde de costura y conversación. Si alguno de los moradores de esos saloncitos tuviera un brazo amigo al que agarrarse para dar un paseo en esta tarde de sol dominical, el silencio habitaría en este rellano con cuatro puertas, con los nombres de sus habitantes impresos en relucientes placas.

Dos nombres, un nombre, otro nombre y viuda de... imagino a quienes están en su sillón en este momento. Señoras para quienes la pantalla es un refugio en el que olvidar otras heridas abiertas, porque la pantalla está llena de vida, de vidas que ayudan a difuminar la propia. El patio catódico salva de la ausencia de otras voces que poblaron esa casa, esos pisos familiares ahora unipersonales. Los rincones de la casa se han quedado mudos, sin conversaciones en las cocinas, sin risas y sin riñas, sin niños y adolescentes corriendo por los pasillos, sin la mesa puesta con cuatro cubiertos, con ocho los domingos. Las razones son múltiples y variadas, horribles y afortunadas, pero a veces no alivian el sentimiento de soledad.

En Reino Unido acaban de crear un Ministerio de la Soledad, porque el 75 por ciento de los ancianos de su población viven solos y, sobre todo, un porcentaje altísimo pueden pasar un mes sin mantener ninguna conversación con un amigo o familiar y si ningún tipo de interacción social. En nuestro país ha habido una iniciativa parlamentaria que alerta de esta realidad. Mientras se toman decisiones, en mi rellano una voz de señora se arranca de dentro; ¡Pero qué guapo eres, hijo mío, y cómo cantas...! La tele significa compañía.