27 mayo 2020
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El siglo del cólera

24 may 2020 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

El siglo XIX fue escenario de varios brotes de cólera en España. Ya en 1833 tuvo lugar el primero de ellos en la ciudad de Vigo, y poco después en Barcelona, aunque el mayor número de casos mortales se contabilizaron en Andalucía el verano de ese mismo año. Unos meses después penetró la enfermedad desde el Mediterráneo y se extendió por casi toda la península, sin perdonar a las islas Baleares y a las posesiones españolas en el norte de África. Cada cierto tiempo surgía una nueva oleada de cólera-morbo con desiguales efectos a lo largo y ancho del país.

Una de las más graves fue la de 1855, año crucial que dejó una huella notable en la demografía española, tal como acreditan los libros de difuntos de las parroquias y otros documentos contemporáneos. Se establecieron cordones sanitarios y cuarentenas con el fin de atajar su difusión. El efecto fue limitado, dadas las deficientes condiciones higiénico-sanitarias y la malnutrición generalizada entre las clases más humildes. Además, desde el punto de vista científico, era mucho lo que se ignoraba de los orígenes y posterior tratamiento de la enfermedad. En cambio, desde todas las diócesis se exhortaba a la feligresía a rezar para impetrar el fin del mal, infundir ánimo, consuelo y resignación. Por su parte, las Juntas Locales de Sanidad hacían lo que podían, que no era mucho, para aminorar los efectos de la plaga. No es de extrañar que llegara a verse afectado el quince por ciento de la población española de la época.

Una de las víctimas notables en Madrid fue el diplomático y numismático sueco Gustaf Daniel Lorichs, que ejercía de encargado de negocios de Suecia y Noruega. Antes de recalar en Madrid había sido ya secretario de varias embajadas, pero lo que realmente le interesaba era la numismática, a la que en España se dedicó con devoción. Tanto es así que no solo fue un gran coleccionista, sino que escribió diversos tratados, los cuales refrendaban su profundo conocimiento del mundo de las antigua monedas hispánicas. Se dice que llegó a poseer una de las mejores colecciones privadas del mundo, en torno a treinta y cinco mil piezas, la mayoría de las cuales eran acuñaciones ibéricas de gran valor histórico y arqueológico.

El cólera lo atrapó en Madrid en octubre de 1855 y en la capital de España falleció soltero y sin descendencia directa. Como no era católico, surgió el dilema del enterramiento. Por suerte, un año antes se había inaugurado el Cementerio Británico en Carabanchel y allí fue a parar su cuerpo. El primer huésped de este cementerio fue un joven de diecinueve años llamado Arthur. Su lápida tiene labrada la espada Excalibur. La de Lorichs recoge un extenso texto en latín, presidido por el relieve de un reloj de arena con alas, recordándonos que, ciertamente, “tempus fugit”.