14 diciembre 2019
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El “resentimiento”

02 dic 2019 / 03:00 H.

Comenzó a redactarlas, parece, a principios de septiembre, cuando las circunstancias de la guerra le impedían publicar en los periódicos y cada vez resultaba más difícil escribir y recibir cartas. Y las últimas líneas podrían ser de finales de noviembre, poco más de un mes antes de su muerte, en la tarde helada del 31 de diciembre de 1936. Son apenas unas cuantas cuartillas, escritas a lápiz, con la letra clara e inconfundible de don Miguel. En algún momento decidió cuál sería su título, evocador tanto de uno de sus ensayos más difundidos como del tiempo atroz que le estaba tocando vivir: “El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y guerra civil española”.

¿Cuál era el propósito de Unamuno? ¿En qué habría consistido aquella obra que planeaba y de la que estas notas apenas constituían aún un esbozo? Hay un margen extenso para la especulación. Pero todo apunta hacia un examen de conciencia, que implicaba una relectura de toda su obra, a la luz de la agonía, hecha de desesperación y de arrepentimiento, en la que vivió aquellos meses terribles. La muerte le impidió desarrollar ese proyecto, pero al mismo tiempo convirtió estas notas, su última obra en prosa, en una especie de involuntario testamento espiritual. Observando lo que sucedía a su alrededor, a través de sus propios ojos o los de sus familiares y allegados, por los periódicos censurados que recibía o por la radio, cada vez más aislado en su casa de la calle Bordadores, leyendo compulsivamente, sobre todo a Shakespeare, Unamuno aliviaba así su necesidad de relatar lo que sentía. Y lo hizo mezclando las vivencias íntimas con las referencias históricas, filosóficas y literarias y a los sucesos de la guerra, confundiendo incluso, al inequívoco modo unamuniano, su propio destino con el de España.

El texto es al mismo tiempo enigmático y conmovedor. ¿Qué significan estas palabras: “Responsable de la muerte del oso el sapo, 129, 90, 91”? Pero al mismo tiempo, junto al apunte escueto, telegráfico, de difícil interpretación, brilla la frase reveladora y lúcida: “no son unos españoles contra otros —no hay anti-España—, sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo”. “La experiencia de esta guerra me pone ante dos problemas, el de comprender, repensar, mi propia obra empezando por ‘Paz en la Guerra’ y luego comprender, repensar España”. “España es un valor comunal histórico pero dialéctico, dinámico, con contradicciones íntimas. La que los hotros llaman la anti-España, la liberal, es tan España como la que combaten los hunos”. “Vencer no es convencer, conquistar no es convertir”. “Bolchevismo y fascismo son las dos formas —cóncava y convexa— de una misma y sola enfermedad colectiva”. “Uno a quien le detienen, y le dan una paliza. ‘Si me vuelven a llamar me suicido’. Unos mozalbetes por broma le llaman y va y se ahorca”. En fin, esta frase terrible y sin retorno: “da asco ser hombre”.

Colette y Jean-Claude Rabaté, sin duda los más importantes expertos en don Miguel, continúan desarrollando, imperturbables, al margen de las modas, los oportunismos y las polémicas superficiales y estériles, su gran proyecto intelectual unamuniano, que ellos han acabado fundiendo con sus propias vidas. Ahora acaban de brindarnos una excelente edición de este endiablado manuscrito unamuniano, que transcriben, comentan y analizan, provistos del extraordinario conocimiento que han acumulado en los últimos años sobre el último don Miguel, hasta conseguir esclarecer una gran parte de este texto hermético. Se trata de la primera edición desde que el texto vio la luz por primera y única vez, en 1991, hace ya casi treinta años. Y la complementan con la publicación de varios anexos inéditos, uno de ellos espectacularmente valioso: nada menos que un resumen de los acontecimientos que tuvieron lugar en el paraninfo de la Universidad de Salamanca la mañana del 12 de octubre de 1936, escrito por uno de los catedráticos que asistieron a dicho acto esa misma tarde o a la mañana siguiente y sin otro propósito que recordarlo; es decir, antes de que la propaganda, el miedo o el tiempo adulterasen el recuerdo de lo sucedido.